sábado, 9 de mayo de 2009

FELIZ DIA MAMA

A nuestras amás, por su día




MI AMÁ, MI MAMÁ, MI VIEJITA

POR CARLOS GUEVARA

(FELIZ DÍA AMÁ, FELIZ DÍA MAMÁ, FELIZ DÍA VIEJITA)

—A propósito de mi padre se bien quién es mi madre —les digo eternamente orgulloso, a mis amigos, siempre que se avecina el segundo domingo de Mayo.

Y es que con la educación formalista que tuve en la niñez hubiera sido muy difícil caer en cuenta de la importancia afectiva de una madre, pero mi papá me enseñó, con su inusitada fortaleza para ejercer sus potestades bien ganadas en la cama y, desde luego, en la mesa de nuestros panes nuestros de cada día, que una madre es lo que es, una madre, a fuerza y templanza que cuando se nombra el bendito sustantivo, madre, en situaciones tan especiales, y no, por lo tanto, menos complicadas como los segundos domingos de cada Mayo, a veces, como es mi caso ya al empezar a escribir, nos traiciona el sensiblero corazón y la sangre se nos calienta muy en el fondo del vientre y vienen, solas, algunas lágrimas rosadas por su día especial.

Desde luego habrá quien diga que, como la navidad, la fiesta patria y otras tantas celebraciones con rojo en el calendario, ésta también es una fecha baladí, de la que más y mayor goce sacan siempre los malditos comerciantes que todo ven con el ojo clínico, preclaramente lucrativo, del negocio, duplicando los precios de cada cachivache y previendo que el admonitivo sentimiento etéreo que nos provoca el pasar, qué duda cabe ya, en todos los casos, un día menos de la madre —nunca se sabe, además, si será el último, escuchas por allí, así que a gozar que el mundo se va a acabar—, nos inundan subliminalmente de ulterior publicidad que mucho hace en tu infinitamente estúpido corazón para que poco falte que te eches a llorar en la cama llenándote de kafkianos remordimientos (no has juntado, seguramente, lo necesario para que este mes tu madre no levante un dedo todo su domingo) y hasta, cómo no, ponerte a recordar los años pueriles en que ella se agasajaba sola, dichosa sólo con saberse tu má, tu mami, tu mamá.

Y todo porque al prender la tele algún respingado blanquiñoso te recuerda a ese ser olvidado, depositado en el último cajón de tu anaquel, pero que te trajo al mundo, que cuidó de ti desde el vientre, que te amamantó e hizo botar y brotar, apenas con unos golpecitos mágicos en la espalda pringosa y casi invertebrada, unos estentóreos chanchitos para evitar que te asfixies mientras durmieras, y que luego, oh gracia divina, lavó heroicamente tus guisados pañales de tela y más tarde tus calzoncillos —hablo aquí muy personalmente—, tus medias achocolatadas de barro, por tus interminables días de fulbito en las clases de educación física y que, desde luego, veías siempre, a veces sudorosa preparando el fastuoso arroz chaufa, el epónimo cebiche, el suculento arroz con pollo y hasta el humilde, pero no menos triunfal arroz con huevo frito, en cómplice maridaje, eso sí que sí, hijito lindo, de sus lonjas de plátanos fritos.

Ahora la puedes ver mejor: siempre corriendo a la hora del bitute, entre la adecentada sala y la humosa cocina, barriendo, planchando, cocinando y hasta algunos la recordarán tocando la puerta esmaltada de la vecina bodeguera, para, en el límite de la decencia y el decoro, vecinita, solicitar el primer fiado del mes, sí holgazán, y todo para que cuando llegues de la escuela, del colegio o de tu holgazana vida de estudiante superior allá en tu tercermundista instituto superior —y hasta tecnológico y omites estatal— o de aquella miserable universidad en la que vas aprendiendo, cierto que sin querer, que se puede vivir de las lisonjas perfectamente si por lo menos te autofabricaste un cartoncillo —tan delgado y de mala calidad, que ¡¿para eso estudiaste!?— y que ya puedes orear en la pared del living, encuentres todo en orden, del modo perfecto en que tu madre, sí mi hijo, tu mamá, tu má, ha preservado en tu bien esa ansiada disciplina mental devenida de forma directa de la pulcritud en que conserva ella tu cuarto.

Decía al principio, que gracias a mi padre se muy bien quién es mi madre, y seré claro en este aspecto, queriendo, desde luego, que mi vida se parezca un poco a la tuya, para que, lógicamente, no te sientas culpable y sepas una vez más —como que no te queda de otra tampoco— que a todos nos pasa lo mismo:

Mi padre era, vallejiana y sobretodo gunthergrassianamente hablando, un tipo grande y fuerte y otra vez grande, de un aspecto desamparado, diría yo—como he dicho siempre—, de mendigo con plata. Nadie podía con él. Una especie rara de supermán de un metro sesenta que, con camisa florida, zapatos de punta de payaso de los años grease, pegadísimos pantalones bombachos de algún material viscoso y gruesos potos de botella en las bifocales, además de un bigote rabelesianamente viril —aunque francamente memo, ahora que tengo mis años y recuerdo, recuerdo—, hacían presagiar la armadura invencible de algún superhéroe que un día fastuoso golpeó a dos fornidos borrachos de un solo golpe, un día cualquiera que mi padre nos sacó a festejar el primer día de la madre, a completitud —pues había recién nacido ya el último y menor de mis hermanos—, un día en que lastimeramente, esos borrachos sin madre conocida, piropeaban a la má de una forma sinceramente atrevida.

Ofreciéndose a calentar las posaderas por el resto de sus días, a mi madre, con artilugios que francamente no entendía en aquel entonces —pero que mi cinismo y sobretodo mi malicia adulta se ha encargado de reconstruir—, aquellos borrachos llegaron al indecoro de acercarse a la mesa donde nos aprestábamos a sucumbir ante unos tallarines verdes en ración familiar en acertado maridaje, adivinado por mi madre, claro está, con su chicha morada helada y de maíz, porsiacaso, a decirle barbaridades a la hoy viejita querida, sin ahorrarse todo tipo de sandeces innombrables y que, en todo caso, si ello les place, pueden ustedes reconstruir a su manera. Mi padre que por lo demás era, y es aún para mi asombro, un tipo bieneducado y estimable héroe anónimo que, en su naturaleza homínida, puede soportar estoicamente todos los golpes tan fuertes de la vida, yo no sé, levantóse del asiento en el que permanecía clandestinamente con su metro sesenta y, primero, incoándoles a dejar de apelar a semejantes, ésas, sus, bajezas, sobretodo en este su día tan especial de mi señora esposa, y, después, amenazándoles a cruzarse a puño limpio sin importar donde, les solicitaba largarse y dar el asunto por bien terminado. El borracho más alto, más fornido y más atrevido, por lo tanto, burlonamente le dijo a mi padre:



—Apuesto a que tu padre murió sin descendencia, como mismamente te has de morir tú, pedazo de gusano de gusano.



A esto, sin pestañear, sin balbucear si quiera un ¡toma mientras!, mi padre respondió con un derechazo formidable que empujó lo mismo al borrachote que al borrachito y a un par de mesas con sus sillas, en una suerte de puntuación perfecta de dominó.

Aún recuerdo ese ¡pim! seco y memorable en la cara bruñida del dipsómano incivil, que fue el epílogo perfecto de aquel, ese, primer día de mi madre, celebrado y festejado a completitud. Y recuerdo más las palabras, lo mismo trilladas que sabias, que me despacho mi padre la misma noche de ese día inolvidable:

—Madre hay una sola, hijo, acuérdate siempre de mí.


Y hoy, casi estoy recordando unos años después, deseando que sea muy después, desde luego, en que no tendré a mi madre para tenerla, simplemente, a mi lado. Casi recordando haber llorado porque un domingo 10 de Mayo de 2009 ya tan lejano para entonces, no pude, por más que intenté, hacer que mi madre no moviera un solo dedito para mí y por mí.

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