sábado, 2 de mayo de 2009

NOS TENIAMOS QUE IR


A Manolo,
el señor sin olvido
Por Carlos Guevara

NOS TENÍAMOS QUE IR
Ya nos teníamos que ir. A las tres de la mañana el cielo límpido y estrellado de la cordillera era iluminado apenas por una lengüita de luna incandescente que nos mostraba el camino de vuelta a casa. Nos nevaba la vida y congelaba un frío gélido y aunque daba la impresión de estar guarecidos en una caja impermeable, era imposible no temerles a los gigantes fosforescentes que parecían venírsenos encima. La suiza peruana lucía aún lucía su antiguo esplendor.
A veces había que penetrar túneles largos a cuyos lados los carámbanos semejaban cavernas de animales troglodíticos y al salir de ellos brumas espesas ocultaban, en bien nuestro, abismos insondables donde descansaban las aguas amarillas y pastosas que en ese tramo era el río Santa. En esas circunstancias sólo Pacífico Cóndor, que piloteaba el cherokee, podía sentir el placer holgazán del cumplimiento del deber, mientras que yo me despedía de la misión, regurgitando blasfemos juramentos. En cambio a Manolo le daba igual morirse. El era así, varón curtido al sufrimiento, alma de aventurero que todo lo soporta en bien de la ruleta loca que era la vida. Pero le volvían inevitablemente imágenes de Armencia, del día radiante en que la conoció. Debía haber amanecido Dios muy filántropo aquella mañana.

—Adónde se irá el joven pues ahora —preguntó Pacífico.
—Mejor no saberlo, Pacífico —respondió.
—¡Usted no se tenía que ir, joven! —dijo con rabia confidente.
—Es lo que está pasando, Pacífico —aseveró con calma y resignación—, en algún momento nos teníamos que ir.
—Lástima joven. Y qué va a ser de la señorita Armencia —preguntó Pacífico—, se le veía muy enamorada de usted, joven.
—Si quieres llevarte un buen recuerdo mío, mejor no hables de eso, Pacífico. —Al decir esto, se hizo un silencio que ahora sólo era interrumpido por el gangoso ruido del motor del jeep y por el incesante crepitar de su corazón. Se habían clausurado montones de esperanzas en su corazón.
***
El domingo por la mañana, un fulgoroso sol ha despertado a la ciudad y deprimido al Alpamayo. En el único día en que puedes dormir más, una centella furiosa ha invadido tu habitación a las diez de la mañana y una ráfaga te ha restregado la vida en la cara, encegueciéndote un instante. La luz te ha venido de golpe y despertado de súbito. A lo lejos, mientras desperezas y estiras el cuerpo entumecido, el rumor de un huaylas te alegra la mañana, con esa música decides ducharte y duchándote vas planeando el resto del día: decides recorrer hoy el centro de la ciudad, hurgar sus costumbres y tradiciones, visitar sus tiendas, bazares, restaurantes y bares más prestigiados, observar la gracia de sus mujeres, sopesar la idiosincrasia de los hombres y, en fin, hurgar en los efluvios del pueblo las notas de amor y tristeza que la intuición ha guardado en tu alma desde el día en que llegaste.
***
Dios quiso que conozca en ti el amor. Recuerdo bien cómo eras entonces: flaquito, morenito como el saúco, de ojos avispados, de pelo lacio y con unos mechones onduladitos en la frente que te jalabas detrás de las orejas una y otra vez.
Cuando apareciste caminando solito, en la multitud de la feria, no parecías un turista, sino un cholo vaguito que bajaba a Huaraz, de ésos que abundan en Caraz Dulzura o Carhuaz Borrachera, en busca de gringas ingenuas. Tenías colgado en la cintura una faltriquera, y estabas a cada rato como buscando algo que habías perdido en ese pantalón tan raro que vestías, con un montón de bolsillos como si fueras un portamedias humano. Caminabas como si te fueras a caer en cualquier momento, tambaleando tu cuerpo de un lado para otro, como un sobrado. Recuerdo que yo estaba sentadita con mis amigas en una banquita de la pérgola y lo primerito que se veía entre la multitud era tu camisa de colores de rositas azules que te habías puesto y encima del cuello una cabeza pelucona y agreste, que miraba al suelo dónde iban a parar las piedras que pateabas, siguiéndolas como si tu vida se tratara de un embrujo. Tenías cara de perdido, de extrañado y de huraño, nadies en la ciudad caminaba como tú, solitario y extraviado, yo me quería acercar, pero Florencia y Jovita te tenían miedo y me decían que quizás eras uno de esos muchachos malos que abusaban de las mujeres y que yo bien feliz acercándome y buscando el peligro después iba a estar llorando por mi suerte. Pero tú tenías algo en tus ojitos que no me mentían, como una llamita que estaba a punto de apagarse. Yo no sé porque te seguía con la mirada si apenas te había visto, qué risa me adora al recordarlo.
***
Pero como para recordar las cosas con amor, hacen falta buenos sentimientos, toda tentativa era inútil en su corazón sáxeo, y con el humo del cigarro y el vaho humeante del ambiente se confundían las imágenes de Armencia y la felicidad, con las del desamor y el oprobio. En su mente sólo se aceptaba tiempo para imaginar el futuro, siempre el inmediato, con los amigotes de su barrio recorriendo centros nocturnos, lugares donde bailar y tomar, las boites más frenéticas y aceleradas. O quizás, un rincón austero donde beber dichosos vinos y rones y cervezas heladas con la, s, chica, s, de turno. La cosa era vivir la vida loca, porque no se vivía más que un día a la vez.
De vez en cuando, cuando una muy negra noche coincidía con la insomne, pesada indoblegable conciencia, él pensaba en todo lo que había sido capaz de amar y se condenaba de lo tonto que había sido al entregar tantas veces su corazón irreverente y profano y ya sin esperanzas en bandeja de plata sólo para ser roto, destrozado, seccionado, devorado y vomitado sin contemplaciones, pero bajo su atenta y hasta complaciente mirada. Pensaba cuándo se había vuelto tan ingrato, qué cosas lo habían herido a muerte como para no tener sino ganas de lastimar otros corazones, como si jugará tiro al blanco. Se acordaba de Gisela y Masiel y aunque de ellas sólo habían imágenes sepias, los dos amores le dolían lo mismo aún ahora. Se laceraba y sentía cómo amainaba su respiración cuando inevitablemente pasaban ante él, vívidos, aquellos momentos como siniestros espectros nocturnos. Se mezclaban traiciones, punzantes palabras como lanzas al pecho, abrazos furtivos y tristes y su semblante indulgente y masoquista, y claro, esos adioses eternos y lastimeros. Y pensaba, pensaba, pensar es la mierda de vivir y entonces su tonto cerebro lo reenviaba al día aquel en que muerto ya para siempre, había decidido continuar la cadena.
***
Porque el hermoso día en que llegaste, sentiste que podías dejar enterrado el pasado. De hecho no sería fácil, pero la condición para empezar era que allí, en ese pueblo con historia, nadie conocía de ti, de tu despreciable historia.
Cuando sales de la ducha, el sol no se ha ido, pero eso te importa un bledo porque sientes el frescor, la templanza de un esquizofrénico clima cifrado por ese sol perdonavidas que aplaca el agua gélida que llega directamente de la cordillera blanca y que surte del líquido a todo el callejón de Huaylas. Pacientemente te peinas como puedes con las manos, con la yema de los dedos y al notar unos granitos negro verdosos decides reventarlos con las uñas con extrema crueldad, aún a costa de los severos orificios que te costarán un poco menos de belleza. En el mentón y las angosturas de las mejillas una barba rala pero profusa de tres días te da ese aire de foráneo de la existencia, de místico exangüe, necesario para combatir el desinterés natural causados tu cuerpo escuálido, por tu larga cabellera enmarañada y desmejorada, por tus ojos inexpresivos y exánimes. Lo malo es no poder lucir como Jim Morrison, te dices, porque sólo tienes unos pantalones de dril que tu madre te obsequió antes de viajar—aún recuerdas sus gestos de mujer pía, diciéndote, recomendándote, rogándote portarte bien— y unas camisas de vestir de de colores muy lánguidos o demasiado vivos y unas corbatas chillonas o apasteladas que nunca usarás y unos polos de algodón desteñidos y hasta una camiseta crema de tu equipo preferido —ibas a cambiar de gustos, decías, si ese año no volvía a ser campeón— y entonces Manolo, sólo entonces, dudaste un segundo que fue una vida para ti, y te debatiste entre salir a la calle así de fachoso o esperar el fin de mes y con el pago comprar unos jeans rasgados y rockeros y darte un gusto tú mismo, y esta vez con tu plata.
***
Cuando le preguntaste la hora a Jovita, me sentí como perdida, porque ella era bonita y por algo todas la eligieron la reyna del colegio. Eran como la una y media te contestó ella, de pronto tan risueña y tan coqueta. ¡No que le tenías miedo!, le dije en voz alta y Florencia se carcajeaba y me miraba como diciendo bien hecho. Pero ese aire de perdido y aventado que tenías era como un aura que se contradecía con tu aire de solitario. Me recuerdo muy bien cuando te nos presentaste me llamo Manolo y no soy de aquí y cuántas otras cosas nos dijiste sin que te hayamos preguntado. Nos contaste que no conocías a nadie y que recién habías llegado a Huaraz para trabajar en pronamachcs o una cosa así. No se ellas, yo sí te creí.
***
La cadena del impenitente chico sufrido que era, el que había hecho suyas todas las letras de las canciones chicha. ¿Es que acaso el Perú no era chicha, un submundo, una cantina fétida donde se fabricaba con la grasa de la vida cualquiera de esas cochambres de arte?, te preguntabas, sintiendo que ya habías sufrido bastante en esta vida y que no te irías sin haber hecho sufrir. En qué patético mundo vivimos, que somos como semidioses que tienen que aceptar su destino, te decía. No se tú, pero yo ya me cansé de se papel, me contestabas, estoy entre matar o morir.
Y si hay alguien, Manolo, que es culpable, ése es Dios, que puso en tu camino una criatura santa. Pero como yo tengo fe quiero creer que fue el diablo, porque tú hace tiempo te entregaste a él. Tu cuerpo y tu alma le pertenecen, sino ¡cómo explicar el daño que le hiciste a Armencia!

—No es que sea metiche, joven, pero de usted me llevo un buen recuerdo, haya lo que haya hecho, joven.

Pero sólo un retorcido como tú, Manolo, puede haberle hecho eso a una niña.
***
Entonces pensando menos, como un autómata, decidiste salir con lo mejor que tenías. Pero lo mejor que tenías era playera camisa floreada y ese pantalón de cazador color mierda de perro que se te caía de lo flojo que te quedaba. Qué flaco que eras, Manolo. Pero con tu plata serías Jim Morrison, ese otro flaco vicioso que conociste gracias a mí. Y que le había dado un nuevo sentido a tu vida, después de Gisela y Masiel. Sin ese favor que te hice, ahora serías un borracho cantinero y chichero, sin remedio o un pastrulo que fuma mixtos en cualquier esquina de pobreza surrealista de la humillada cerviz del Perú.
Te amarraste una alforja al cinto, le hiciste una especie de nudo inglés al costado izquierdo y dejaste caer la camisa en la parte de atrás. Te pusiste unas chancletas de jebe de llanta muy chatas y así saliste a caminar, siempre agazapado, mirando al suelo, pateando piedras, midiendo tus pasos, de tal forma que tu pie derecho fuera siempre a pisar las líneas encima de las líneas rectas de las veredas o cayera fuertemente al estruendoso ¡pom! del bombo de las infaltables bandas de músicos.
***
Lo que siguió después, me lo busqué yo, lo acepto. Después de los helados que te aceptamos Florencia y yo, coincidíamos miradas y puedo sentir aún cómo tus ojitos quemaban mis cachetes. Siempre que te he contado esto me dices que no lo notaste por mis chapas. Pero es cierto…y mi corazoncito se salía y la verdad yo sentía que se iba a reventar. Y mucho más cuando Florencia me dijo que se iba, que tenía que almorzar. Todavía no te vayas, me ensartaste, no seas malita, mira que no conozco la ciudad y yo volví a aceptar por mi voluntad pero también contra de mí misma, ay, la verdad no sé cómo explicarlo.
Todo empezó allí y así como no me arrepentí, tampoco me pesa ahora, aunque me esté costando la vida.
***
—No me jodas, Pacífico —temblando de furia, cortó la loa reverberante del chofer—.tú no me conoces.

Así era, Manolo, pero porque nadie podía conocer los secretos de tu maldad.
Juro que tu conciencia era como ese jeep cherokee que manejaba Pacífico Cóndor, pero con la diferencia que tu jeep, tu conciencia, se había precipitado a las aguas lechosas del río, al infierno. Se, te, había, s, ido a la mierda, Manolo, querido.
***
Así que dieron la una y como un animal voraz de costumbres puntuales y fieras, tuviste hambre. Te enteraste la hora exacta porque te la dijo Jovita, la hija del chofer. Sí, Jovita. Jovita, Manolo. La que fue miss Ancash hace poco. Qué huevón fuiste Manolo.
***
Y todo se hizo más fácil entre nosotros, porque nos seguimos viendo todos los días. Yo no sé cómo, si tú trabajabas tanto, me ibas a recoger al colegio. Me esperabas con helados de fresa, que a veces ya los encontraba a medio camino, porque te los chupabas para que no se derritieran me decías.
Después mi papi se enteró y aunque yo andaba descreída él te aceptó desde un primer momento y hasta te invitaba a visitarnos los domingos y si mi papi no mataba una gallina o un pato, tu te lucías haciendo cebiches como se hacen en la costa y luego tomaban cervezas en cantidad en el huerto y de tan borrachos que terminaban te quedabas a dormir conmigo.
***
A la mierda. Y se había hecho porquería y hasta se quería salir de tu cuerpo, porque en un cuerpo como el tuyo, enjuto, vegetal, inocente, lánguido, no cabía una conciencia como la tuya.

—Disculpe Usted, joven —dijo la voz esclava, solemne, temblorosa—.No dije nada.
***
Y te quedaste al fin con ella y nada te recordaba a las demás. Era imposible que en su carita de paloma, d gestos trémulos, se dibujaran, rememoraran, las caras de Gisela y Masiel. Difícil suplantar sus preciosas chapitas fucsias con los rubores pre-fabricados, apóstatas, promiscuos. Imposible reenviar la calidez, naturalidad de ese lenguaje simple y suficiente, de esa vocecita triste, al refinamiento impostado, huachafo de esas, aquellas putas.
***
Pero ya me habían dicho tantas veces que creyera tanta felicidad que me olvidé y resultó que olvidar hubiera sido lo mejor para mí.
Aún recuerdo cuando un sábado de gloria, a eso de las once, Florencia me llevó al lugar donde hacías de las tuyas. No lo puedo creer, le decía a Florencia. Sí, es Jovita, Armencia. Ella misma, Jovita Cóndor, tu, mi amiga, tu, mi, compañera de estudios.
Cuando te vi salir con ella, tan cariñoso, yo me había muerto. Por eso no me pesa nada estar en el hospital y estar enferma no se de qué y que me digan Armencia, te vas a morir mañana. Por eso, Manolo, sólo quiero una cosa: que sepas por este diario que no pasó nada malo, que borres tu también lo malo y que quede entre nosotros un cuento de hadas. Te ama.
Armencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

TU COMENTARIO NOS INTERESA ES IMPORTANTE