lunes, 27 de abril de 2009

LA FIESTA

POR CARLOS GUEVARA

Buenas tardes, diciembre,
está usted galana y encumbrada
hoy sábado en que la muerte,
me encuentra esta segunda hora,
respirando el humo inhalado,
que me regala la nostalgia.
Buenas tardes, diciembre,
la encuentro sonriente
pero porque la gente gusta verle
depositaria del espíritu de pascua
espíritu que más tarde que temprano
recobrarán las maduras sombras.
Yo confieso, diciembre,
que me gustaste mas bien en enero
cuando veía alejar tus soberanos pies
me las mustias esquinas,
Yo confieso diciembre,
que aunque te ví la cara
me gustaste por bohemia y coloquial
Y porque en el sexo
de tu vigésimo quinto día
la tristeza inundó
el pozo vacío de mis afectos y supo querer
(Yo confieso, diciembre, Santiago Uzátegui)


A mi hermano Santiago Uzátegui, o como el solía llamarse: Nito Guevara,.
De quien bautizó como Charly Mestre.

LA FIESTA DEL MUNDO
 ¿Recuerdas a tu primer amor, Papo? –se me ocurrió preguntarle a mi mejor amigo, mientras fumábamos y bebíamos extasiados, tirados sobre la arena y entregados a voluntad del calor majestuoso del verano en el balneario de Huanchaco. Era desde luego un tema sugerido, pues me sabía de memoria esa historia, sin embargo la soledad con que nos abrasaba el silente y despiadado sol, me entregaba la reverberación de la anécdota más fascinante de mi vida.
 Sí, me acuerdo, por supuesto, me acuerdo –afirmó excitado mi buen amigo. El mentón cushingniano y horrible delataba una vida descuidada–. Fuimos algún día cuerpos de acero, corazones de algodón. Pasamos a ser del viento. Luego el corazón encalla en algún lugar propicio: donde intuye que el cansancio nos va a dejar.
 ¿Que pasó poeta, por qué la súbita inspiración?.
 No es la historia que quisieras oír.
 ¿Eso crees? —inquirí asombrado.
 Pero si quieres te la cuento. Total, todos tenemos una arruga con el pasado.
 Suéltala pues.
 Es difícil empezar, hermanón.
 Sólo empieza, di algo, la primera imagen que tienes en la cabeza.
 Ayúdame un poco.
 Esta bien. Dime:¿cuándo, dónde y cómo la conociste?.
 La he debido conocer en Diciembre, porque está claro que en Enero no fue —musitaba Papo ante mi insistencia—, Pero fue en La Caña.
Y donde más iba a ser, pues.
***
La Caña es un lugar donde los noctívagos de todos los tiempos aún esperan extasiados los días sábados a las doce para observar las lecciones amatorias del cine privé por el canal brasileño rede bandeirantes. Si ya no existe ese canal o no forma parte del menú de la setima feira, pues no importa. Cada uno ha grabado todas las sesiones con el mismo ahínco con que aprenden a botar discos de humo por la nariz cuando fuman, y aún más, con la idéntica devoción con que cargan en andas la imagen del señor de los milagros en las procesiones de octubre. Esa costumbre inédita deviene de los tiempos en que conocí a Gema de La Caña.
Apenas antes del tiempo de darse a conocer el cine privé- que es el mismo tiempo en que se descubrió en la comarca las bondades peligrosas de la televisión por cable- las familias cañeras encontraban el consuelo con risas y salsa y entre los más jóvenes sólo los lornas salían después de medianoche, pues las estancias de la bohemia a esa hora estaban ocupadas y sólo quedaba la calle a siniestras para beber un ron con los amigos.
Con mucha suerte después de la última hora te podías encontrar con un quinceaños, un matrimonio o un cumpleaños casero cualquiera y entonces sólo así podías darle rienda a tu bendito instinto autodestructivo. Pero no, se había extinguido esa época (pero juro que aunque se haya suprimido el programa del menú, se sigue respetando el horario) y la juventud cañera se despertaba a la farra pasada medianoche, y lo primero que se hacía el día de descanso en todas las calles era comentar la sesión espléndida del erotismo desplegado en los maravillosos actores que tan bien enseñaban a amar. Comprenderás que no fue la casualidad la reina de las estadísticas: hasta las más cándidas señoritas se preñaban a los quince. O antes.
Yo que siempre fui un idiotizado de las costumbres añejas, me vi afectado por el súbito cambio de horario, pero también es cierto que antes de los trece ya había descubierto todas las extravagancias de la desnudez, televisada o íntimamente. Así que los sábados, después de una espiritual ablución con accesorios Royal Regiment, la cena familiar y los sermones de siempre, Ay, Charlytos, hijito, todos los días borracho, cuando pararás, dios mío, iba a caminar solitariamente por las calles vacías aún, antes de la bienaventurada medianoche sabática. El camino, que entonces lucía abandonado y desesperado, me llevaba alcahuete a la plaza pública y aún en la noche y con ayuda de la niebla que se respiraba azucarada y el aire de melaza quieto, podías sentir el olor a cañazo en la comarca y entonces me ponía feliz, tarareando yo no quiero volverme tan loco o no soy un extraño, o leyendo a trasluz del color azul de ese pueblo los poemas de Vallejo o Neruda.
No se podía hacer nada en La Caña los sábados antes de medianoche, sólo sentarse en las viejas bancas de la Plaza y fumar un cigarrillo, viendo a la poca gente pasar. Y fumar y fumar, y leer y leer. Así conocí a Gema de La Caña.
Uno de esos sábados una mujer de ensueño parecida a un retrato Rembrandt, caminaba sola en dirección opuesta a mi camino. Lucía desamparada, angustiada, dos lágrimas le humeaban el rostro pálido y angélico, no está preparada, quién podría estarlo, quizá está trastocada por alguna historia maléfica de los cuentos eróticos del cine privé. Le quedé mirando, era la primera vez que auscultaba su belleza. Absorto, mudo de pánico le ofrecí ayuda, pero en el acto empezó a correr sin dirección.
***
Orgulloso de ser tuyo te llevaba de la mano, pues estabas orgullosa de ser mía. Demoramos tanto ese día que al regresar del matorral no caímos en cuenta que había estado lloviendo, era de esperarse, me dijiste, son los tiempos del fenómeno del niño, qué le vamos a hacer. Habíamos olvidado la fiesta por completo, se celebraba la nada en la Plaza Pública de La Caña y todos estaban embebidos por culpa de esa noche mágica. Mágica, como ninguna que se haya sabido, primero porque llovió hasta la medianoche siguiente y sin parar y hasta la noche siguiente y sin pausas los jóvenes bailamos y bebimos a mercedes de la tolerancia del pueblo, que se había empantanado, pues nadie quería correr el riesgo de ser tragado por la tierra al salir en búsqueda del hijo pródigo y luego porque esa fue la forma en que el destino recibió nuestro amor: con un diluvio festivo y con la epifanía de un mundo aparte. Embarrados y empapados de lluvia, literalmente encallamos en el suelo y en el acto Thiago, el gandul nos ofreció un trago por la buena nueva.
***
 ¿Y cómo fue Papo?, volví a preguntar.
 Nada del otro mundo, sólo recuerdo que fue un día sábado, antes del cine privé.
 Ajá, ¿y?.
 Qué jodido es esto, hermano.
 ¿Qué te jode Papo?
 Esta bien, te lo voy a decir poco a poco. Sabrás quién es al terminar, quizás no sea necesario que la nombre.
 Quizá sí, quizá no.
 Quizá sería mejor que me trague la tierra.
 Quizá debieras empezar diciéndome qué te jode y así sería más fácil.
 Quizá sí, quizá no.
 Pues prueba Papo, sólo fluye, no puede ser tan difícil, tu y yo lo sabemos todo el uno del otro, ¿qué nos puede sorprender?
 Bueno, seguimos con el método lento, entonces.
 Cómo quieras, a mi me parece bien. ¿Con preguntas o sin preguntas?
 Pareces mi psicoanalista. A ver lanza.
 ¿Cómo fue?.
 Por intermedio de una amiga de ambos. Leticia. Leti, ¿la recuerdas?
 No. (menos mal, pensé).
 Bueno, Leti me buscó ese día, me pareció extraño, pero como estaba solo pensé acá la hago, Leti no es fea, tú sabes. Me dijo el sábado quedamos a las diez en la Plaza, para qué le pregunté, qué quieres hacer, tú sabes, para ir preparado, ella me dijo lo sabrás en su momento, no me parece justo le contesté, no me dejes con la intriga mira que aparte estoy solo y tu no sé, si quieres discreción no hay problema, queda entre los dos, no te pases me dijo, tú eres lindo y hay quiénes lo comentan a diestra y siniestra en La Caña, quizá tu y yo otro día, pero soy buena amiga de mis amigas, ah se trata de una amiga tuya, le pregunté, sí me contestó.

Pese a jurarme años a mí mismo que llegado ese momento de tertulia fresca no iba a ponerme down un sentimiento de curiosidad zaina, silenciosa y napoleónica se apoderó de mí.
 -Quién es Leti, Papo.
***
Corría y corría, tan rápida y alocadamente que pensé que iba resbalar con los baches frecuentes de la acera y estropearse la hermosura en cualquiera de las innúmeras puntas afiladas de alguna baldosa. Fui en su ayuda al ver que se detuvo, clamorosa con las manos tratando de ausentar la cara ante el cielo, la alcancé.
 Hola, ya sé que no me incumbe, pero quizá te pueda ayudar.
 Acompáñame un rato, por favor.
 Claro que sí
La acompañé un largo rato, no mucho rato como para distraerme de la agenda nocturna. Había llegado hasta ella sin ninguna causalidad, pero también había suficiente malicia en mí para invitarla de una e imbuirnos en alguna aventura. Pronto ya no hablaba y ya no lloraba desesperadamente, cuando abruptamente frenó el espasmo de su sufrimiento. La cara, el cuerpo, toda ella se hizo un uno estoico e inmutable, y un cierto escalofrío demoníaco me contuvo unos instantes. Cualquier cosa que le haya pasado, pensé, la pobre debe haber sufrido mucho y gozado más.
 ¿Tienes tiempo para andar?, me preguntó con voz serena y aguda.
 Sí, claro. Yo no tengo tiempo para nada, el tiempo me tiene a mí —contesté afectadamente, queriendo impresionarla un poco.
 Pues igual soy yo. Siempre salgo solita.
 ¿No tienes amigos?
 Si tener amistad es igual a que te tengan suficiente confianza para que te cuenten su vida por casi nada a cambio, entonces media La Caña es amiga mía.
 ¿Qué es casi nada?
 Preguntas mucho.
 Perdón.
 No te excuses, yo no lo haré contigo.
 Cambiemos de tema, entonces. ¿Puedo saber por qué llorabas?
 Sí, quizás más adelante.
 Me imaginé que llorabas por…
 Por nada en especial, ¿si?.
 Tienes razón, eso pensé también.
 Bueno, esta bien, dime qué piensas.
 Pensé que estabas aterrada por alguna historia sórdida con que se relacionan los personajes del cine privé.
 Jajajá, qué ilativo eres, Pues desde ahora esa será nuestra versión oficial.
 Jajajá, disculpa, sólo era una ocurrencia, pero en el fondo sabía que estaba equivocado.
 Si no fuera yo, talvez no sería tan descabellado.
 Sí, lo se. Es que pienso que en La Caña no hay un solo muchacho o muchacha que no se agriete el cerebro con esa porquería.
 ¿Te diste cuenta qué solos estamos?.
***
Con la generosa lluvia cayendo sobre nosotros y los vasos que colmaba, había que repetir muchísimas veces el ejercicio de servirse un trago para sentir el efecto deseado. toda La Caña estaba gozando, bebiendo, bailando y haciendo otras cosas más en el único pedazo público de la comarca. El llanto de Dios exacerbaba los apetitos de los lugareños al transportar delicadamente a nuestras almas putas el olor de la tierra de azúcar mojada. Si la lluvia ha detenido el horario de quiénes nos controlan, entonces todos están invitados a danzar, esta es mi fiesta, se le escuchó decir a Thiago. Yo me sentí en su fiesta, ésa era su fiesta, estaba seguro que él era el único que sabía la magnitud del jolgorio, pero mi cabeza estaba en Gema, en sus labios que besaban con furia de océano bravo.
 Charly, dónde has estado, pensé que no venías —me preguntó Thiago, al mismo tiempo que me ofrecía un trago más.
 Estuve celebrando la vida a mi modo, le confié con esa ternura chiflada reluciente de los incautos flechados por cupido.
 ¿Con ella, Charly?
 Sí, con ella —y al responderle miró un punto fijo del suelo como mirando la moneda escabullida de sus bolsillos.
 Mmm…, ¿Y estás enamorado, verdad?.
***
 Ahora no importa Leticia, déjame seguir.
 Sigue.
 Y como se llama tu amiga, le pregunté, ya la vas a conocer, no seas apurado, estoy seguro que te va a gustar saberlo en el momento preciso, ahora mejor que no sepas nada, por qué, volví a preguntarle, porque sí Papo porque sí, no es una broma, verdad, le volví a preguntar, yo no pierdo el tiempo en cojudeces Papo, está bien, sólo dime una cosa Leti, sí, esta bien, pregunta lo que quieras Papito lindo, es para ponerse serio Leti, cómo así querido, digo si es algo firme, o sea serio, formal pues, sacarás tus conclusiones, si no me contestas ni siquiera eso, creo que arriesgo demasiado Leti, te tendré que decir que no y que gracias, ay Papo, está bien, pero jura que no le comentarás lo que pienso de ella, sí lo juro Leti, lo juro, mira Papo no es para que te pongas serio como dices, ve relajado.
 O sea que tu primer amor fue con una puta, jajajá. Le interrumpí socarronamente.
 Eso se puede afirmar con pruebas y detalles, hermano.
 ¿Aún te sientes mal por eso, Papo?
 En breve me sentiré peor.
 Ya veremos, Papo, pero yo creo que si botas todo afuera, estarás mejor para siempre. Ya sabes: para que adentro nazcan cosas nuevas. Vamos sigue.
 Cómo puedes decir que vaya relajado Leti, esto es una cita a ciegas, le dije, pero ya sabes como tienes que actuar pues, Papo, júrame que no dirás lo que pienso, júralo, sí, sí, lo juro Leticia, gracias, eres un amor, lo mismo pienso, no eres tú verdad, no me estás mintiendo, no Papo, si yo quisiera contigo te lo digo ahorita, estaría contigo y ya, sería tu objeto sexual, verdad, exacto, Papo, veo que captas, al fin, de eso se trata.
 Qué vaina, Papo, debe haber sido un trauma eso.
 No te imaginas, Charly.
 Sí me imagino, Papo. Sigue, hermano, sigue.
 Se trata entonces de ser su objeto, no me digas que no te gusta la idea Papo, no te hagas el puritano, toda La Caña sabe que…, que saben, nada Leti, nunca le hice daño a nadie, aún no pues, pero esta es tu primera vez, depende de ti, dime Leti, tú tienes algo contra tu dichosa amiga, nada Papo, cómo crees, tener algo contra ella sería querer para ella lo que no se merece, entiendo Leti, gracias por confiar en mi, no me metas en nada, bueno ya sabes, el sábado a las diez en la Plaza.
***
 Sí, me di cuenta. Y además está algo oscuro.
La Caña es de siete colores en la noche, porque los arco iris de todo el mundo nacen en La Caña. Aún de madrugada, o en el momento de la noche en que el sol se abriga más, el pueblo trasluce a tientas de las estrellas y de la eterna luna llena, cuyo lado oscuro puede divisarse desde allí.
 Ni tanto, no lo suficiente como para no observarte y tener fe en que nada va a pasarme.
El halago me enloqueció, y me hizo sentir, ciertamente, un conquistador de aquellos. Era una locura su belleza, una ebriedad báquica su sonrisa antediluviana, como río serpentino su cuerpo de nieve.
 ¿Conoces el matorral?.
 No mucho.
 Allá voy yo de vez en cuando a escribir, a leer. O a estar con los amigos.
 Entonces vayamos, quiero conocer un poco más de ti. Eres muy lindo.
 Yo soy feo, tengo cara de caballo.
 A mi me parece que eres el chico más lindo que he conocido.
Apuré el paso, casi corrí, como conocía el camino no fue difícil llegar al matorral, quería parecer seguro de mi mismo, total así deben inaugurarse los iniciados, pensaba.
En el matorral se consumó lo inédito que puede ser el mundo, lo despiadado que puede ser dios, pero también lo divino que puede ser el diablo, la amé lesivamente, con natural torpeza y descarnada pasión y la besé como mandó Neruda: haciéndole cruces de fuego en todo el cuerpo.
***
 Enamoradísimo, Thiago. ¡Conocí el amor, cuando empezó el diluvio universal!.
 Mierda —exclamó Thiago—, te felicito Charly.
 Gracias hermano, ofréndame tu fiesta.
 Es la fiesta del mundo, Charly. Tú eres un ángel en medio del mundo. Pero si quieres, la fiesta es tuya, también.ç
 Gracias, sabes que te adoro, hermano. Si no lo has sabido, llévate esa verdad al cielo, al infierno o al purgatorio. O dónde quiera que vayas.
 Lo tendré presente, Charly. Disfruta tu fiesta. Es tu fiesta, Charly. O es la fiesta del mundo o es la fiesta de un ángel.
 Ya no soy un ángel, Thiago.
***
 ¿Entonces fuiste el sábado?.
 Desde luego, tenía que ir, por mí, por Leticia, por la gente que se iba a enterar gracias a Leticia. Tenía que ir, Y fui.
 ¿Cómo fue eso?, cuéntame.
 Llegó el sábado, llegó las diez de la noche, me hice la idea de resignar el cine privé, fue una decisión dolorosa. Fui a la Plaza, estuve diez y cinco allí, no había nadie, pensé que era una broma, y entonces apareció ella y antes de empezar a creerlo, me extendió su mano y obsequió una rosa roja. Por nuestro amor sangrante, me dijo. Me quedé alelado, hermano, como un tonto. Ya has probado lo bueno, me preguntó. Y yo qué es lo bueno, y ella, lo sabrás ahora mismo, vas a recordarme el resto de tu vida, me dijo, qué es lo bueno, le volví a preguntar. De lo bueno, lo mejor soy yo me contestó y me cogió del brazo y entonces la seguí como un perro, peor que eso, como la cola de un perro. Y yo me quedé ciego y con los ojos abiertos y ni siquiera me dí cuenta cuándo es que me empezó a lamer todo, cuándo es que estuve totalmente desnudo, cuándo es que me inscribí oficialmente en la corte del mundo.
 Mierda, Papo. ¿Y cuándo todo pasó, que hiciste? ¿Y ella, qué te dijo?
 Me dijo que estaba perdidamente enamorada de mí y que me amaba.
 ¿Y tú, que le dijiste?
 Le dije que no la amaba y que sabía que era una perra. Que no podía arriesgar la reputación por poca cosa.
 ¿Eso le dijiste?
 Ni más ni menos.
 Y luego, Papo, ¿qué pasó?.
 Empezó a correr hacia la Plaza, llorando como una loca. Y yo me fui a casa, no tenía ganas de salir jamás, justo eran las doce, la hora del cine privé, pero ya me había sido revelado todo lo que hubiera preferido no conocer. No así.
 Entiendo Papo
 ¿Seguro que entiendes?
 Sí. Y mejor que nunca.

miércoles, 22 de abril de 2009

MANUAL DEL BUEN GAY

POR CARLOS GUEVARA


Francisco era afeminadamente gordito, y sin embargo se las arreglaba para parecer limpio y agradable al mismo tiempo. Peinaba su cabellera lacia y rebelde con raya al centro, ondulando en una cresta perfecta la parte delantera de su tocado, y todo manualmente, y aunque sabíase de alma muy travestida, no toleraba el vestirse como mujer, con la evidencia ordinaria de la mayoría de sus congéneres. Prefería sí, las diarias abluciones con perfumados jabones de glicerina y los maquillajes con natillas de tomate y peninillos en la cara y las manitas.
José o, para sus amigos más cercanos, Josefina, al contrario de Francisco, había ya borrado todo vestigio de virilidad en la cara y el cuerpo, a no ser por ese maldito colgajo inútil que le ocasionaba molestias, y al que para disimular se lo pegaba a la entrepierna con una ganzúa de colgar ropa. No obstante podía mirarse al espejo con placidez y reconocer a la hembra de belleza exótica que siempre pensó ser en sus ojos almendrados, en su piel lozana a cuyo tenaz tratamiento con crema de palta y azúcar había logrado sacar un brillo inusitado, a ese cabello ébano que como crines en yegua de paso, ella sabía menear con elegancia y celsitud.
Francisco y José se amaban mucho. Caminaban todos los días por el centro de la ciudad coqueteándose febrilmente, desbordando su amor descaminado, sin rubores, en sus diarios desayunos en el mercado central —de jugos de piña y panes con pollo deshilachado con bastante ketchup y mayonesa—, en los comercios de ropa, de joyas de fantasía, abundantes en la calle Gamarra, y mucho más y mejor en los sex-shop de El Virrey —donde ya habían adquirido algunos adminículos necesarios para hacer la vida nocturna más llevadera— y en la peluquería en que Josefina laboraba, pocos minutos antes que Panchito marchase a ganarse la vida, como todos y cada uno de sus días, como socio de un bufete importante de abogados. Se diría pues que en los matutinos detalles imperceptibles allanaban deliciosas fórmulas a descubrir cada tarde, cada noche.
Ya en la intimidad de su morada, decorada en fugaz tono rosa, a la manera de sus almas invertidas, animosos e impacientes, se prodigaban con locura palmaditas y caricias de gustos recíprocos en la baja espalda —suaves y expansivas para Josefina, hoscas y urgentes para Panchito—, y si la broma mutua era fértil en el terreno del flirteo y la palabra traviesa, cual dedo espabilado, digitaba el espasmo del alma cuando urgía la frase justa a la necesidad urgente, entonces todo terminaba en perrunos lengüeteos y jadeos indeclarables cuyos decibeles alarmaban a la vieja quinta de la avenida Carrión, como sólo podía suceder cuando el indeseable vecino Joaquín escuchaba sus escandalosas tocadas de Led Zepellin u organizaba bacanales de coca y gringas, con sus amigotes los poetas y los bricheros. Todo empezaba con una indescifrable turbación etérea en la columna, cuyos sentidos esparcían la semilla del deseo con sus ondas circulares hasta el bajo vientre, por el sur y el cerebelo, por el norte. De este modo la cocina, bajo sus columnatas o sobre el batán; el hall, bajo la mesa de gala o sobre sus glamorosos muebles rojos; el baño, bajo el lavabo o sobre el inodoro de cristal; o el cuarto conyugal, bajo la escalinata del jacuzzi o sobre la cama de agua o la alfombra persa; conocían el amor inusual, tan perfecto y perecedero a la hora de la verdad, que el vaho de sus cuerpos palidecía la visión de las habitaciones y todo aparecía como en un sueño de brumas, donde la pasión, in crescendo, sólo conjugaba con el cuerpo y poco a poco ya nada tenía que ver el amor y menos el entendimiento común de las gentes enajenadas. Era común luego comentarse la erupción en sus cuerpos, con la misma manía poética con que glosaban a Madame Bovary, a Tom Hanks —a quien después de auscultarlo en Philadelphia, dudaban de su hombría—, o al lindo de Lou Reed que de vez en cuando le cantaba a la diversidad.
***
Estaban convencidos que en la calle, aunque no caminaren de la mano ni se besaren en público, podían mirar con odio a la gente que a causa de su mediocridad no observaba las variantes del cariño humano. Estaban convencidos, mejor dicho, que ellos eran el remedio perfecto para la cura del desamor y hasta en una oportunidad publicaron un aviso en La Industria ofreciendo sus múltiples desviaciones al servicio de la perennidad del amor, cualquiera sea su forma. La osadía les costo el allanamiento de su hogar y posterior arresto, con la enojosa excusa judicial de estarse bajo sospecha de comercio de pornografía infantil. Así, y desde entonces, nomás se permitían, divertidos, sacar largas lenguas a los cucufatos que en las calles se asqueaban de sus vestidos y sus maneras.
Diré entonces, sólo por decir algo sobre aquello y con la mayor prudencia —sólo por el puro gusto de nombrar la divina cualidad de esa unión— que entre ellos el amor era feliz y sempiterno, si alguna vez lo ha sido.
Pedro y Josefina odiaban las poses exclusivistas, entre ellos no había licencias de ningún tipo: el justo medio del antojo y las ansias era el convenio. Podían así, sin problemas ni reservas, intercambiar los roles clásicos de hombre-mujer en las cópulas o, si lo querían, fusionar sus cualidades diversas con total naturalidad, con total neutralidad.
Pedro y Josefina se burlaban de los fragores científicos que daban cuenta de sus presuntas anomalías y desviaciones. Ellos vivían como querían, concebían a la sociedad perversa pero no tenían nada contra ella. Evitaban, eso sí, contaminarse de habladurías, con sumo respeto y consideración del prójimo ecuánime, y pese a que frecuentemente deseaban rebatir ideas ajenas, consideraban a ello la eterna batalla perdida, aunque paradójicamente, sabíanse vencedores de una extraña guerra. Así lo sentían, honestamente.
Pedro y Josefina. Josefina y Pedro. Se trataba pues de una pareja espléndida y se preocupaban el día que no peleaban por las nimiedades de siempre. Su amor, res íntima e inalienable era perfecto, pero lo externo no podía serlo. Así que preferían, si era oportuno, sentarse en el parquet de la sala a la manera de los budistas, antes de pasar el día sin novedades y discutir del estado inalterable en que había transcurrido la cotidianidad y hasta de quién había sido el mayor culpable de aquel soponcio insoportable. La reconciliación, claro está, se materializaba en orgasmos crepitantes y sentidos suculentos sobre la inmensidad. Hacerse el amor era un karma, un rito fantástico.
***
Pedro ha llegado a casa. Es casi de noche, ha sido un día pesado en el trabajo, a última hora la firma le ha delegado el asunto de un sindicato de estibadores impagos y la traza de los muchachotes y sus malos modales me han dejado horrorizado, mi amor.

—Hola mi amor, mi vida, mi rey, ¿Cómo te ha ido hoy, chiquito? —pregunta Josefina, esperando encontrar el consuelo por tener que rehacer la cena de hoy. El arroz que se la acaba de quemar—. ¿Qué tal el trabajo?, ¿todo bien?
—Ay, dulzura. No sé por donde empezar —dice Pedro, quien se arroja sobre su amada y se pone a llorar sobre sus hombros.
— ¿Qué ha pasado mi reycito? No llores mi vida, que me hace daño. Anda cuéntame, no puede ser tan malo.
— Ay Pepita, mi amor, pasan cosas muy feas en el mundo.
— ¿A qué te refieres?
— Hoy fue la ex esposa de alguien al consultorio.
— ¿Y para qué sería, Panchito?
— Fue con todos sus papeles para demandar al salvaje.
— ¿Demandar?, ¿De qué?, ¿Por qué?
— ¿Cómo que por qué? Por alimentos, para ella y su hijo.
— …
— Fue con un niño, apenas de unos meses, el pobrecito lloraba de hambre, ni el seno materno le calmaba.
— ¿Y qué cosa te dijo?
— Que el desgraciado de su ex marido la abandonó, diciendo ya no amarla y pidiéndole el divorcio. Y que por favor la represente en este caso y que me pagaría por puchos, pero que al fin y al cabo cumpliría y con creces.
— …¿Y tú que hiciste?
— Tomé el caso, amor, como era mi deber.
— Bueno, está bien, estoy seguro que esa buena mujer cumplirá con los pagos.
— ¡Nada está bien, tonto!, ¡Todo está pésimo!, ¿es que acaso no entiendes?
— ¿Qué carajo debo entender?
— El desgraciado eres túúúúúúúúúúú.

viernes, 17 de abril de 2009

HISTORIA DE MUÑECAS

HISTORIA DE MUÑECAS
POR CARLOS GUEVARA

Alejandra yace tendida en el armatoste oliente a naftalina que usó la madre. Saborea la peor de las aflicciones, el desengaño del primer amor. Deja caer primero las lágrimas ambarinas de la furia sobre el edredón y emprende a urdir su plan. Mientras ello va sintiendo claramente cómo de la ciénaga infernal de sus entrañas los rezagos de una angustia difunta van cediendo al entusiasmo idiota: mira al techo y ríe a carcajadas, conoce por primera vez la vanidad y se promete el patán volverá. Se diría pues que está en aquella edad intelectual en la que todas las cosas del mundo repentinamente parecieran carecer de su primorosa entidad primera, no hay cuota de proeza en los sucesos cotidianos, ni amor de madre que baste para consolarla por lo descompuesto que está el mundo hoy, ni cariños, ni besos, ni abrazos de papá.
Camina hacia la cómoda —vetusta reliquia comprada en alguna parada de cachivaches— y observa los bordes raídos, troceados, hasta el epicentro violáceo por el cual alguna vez discurrió la savia bruta. Se detiene y piensa que hasta la dignidad familiar es venable, que hasta los estados de las cosas son negociables, que hasta la muerte, que hasta la vida, son situaciones de mera interpretación en los sesos de los hombres chabacanos. Contempla con desdén los viejos trebejos de su puericia y entonces, casi sin fe en la existencia, reconoce la muñeca preferida, una de trapo y tocuyo y pelos de lana, con ojitos bobos como redondas paletas de colores. No tiene más que asirla al pecho para escucharla llorando y cantando en su regazo.
***
Tarde de verano sobre la ciudad.
El viento se ha detenido en las cejas angostas de las playas.
El aire es caliente y húmedo.
Las mujeres más hermosas recrean la ansiedad de sus cuerpos caminando bajo el sol, luciendo como quieren las hendiduras misteriosas del placer bajo las traslúcidas y diminutas bragas del amor.
Dúctiles sedas, dóciles algodones, elásticas lycras, van y vienen pegadas a cuerpos sinuosos y solícitos, y pasan descaradamente ante mis ojos e inevitablemente padezco vahídos, agitaciones, taquicardias, efluvios íntimos. Hasta puedo oler mi sexo y me gusta —reconozco—, cuando el océano consiente, desorbita, confunde ese hálito consigo mismo. Nadie sabe qué indecible satisfacción se posa en mi pelvis, qué ímpetus divinos nacen en el mundo —en el que mi pobre humanidad no es más que un corpúsculo vago, baladí—, al que siento propio, porque entonces sé que allí y sólo allí todos somos iguales.
Y allí está Diane, surcando el mundo de los comunes con su belleza imponente, fino trasluz del oriente y el occidente del mundo, con su pizca insuperable del África en los glúteos y el cabello. Camina sopesando la arena viscosa con los nudos de las zancas, sumerge su esplendor al agua fresca y cristalina —aunque en verdad emerge de los ojos del deseo— y acostumbra sus delicias al calor inalterable de la naturaleza. El agua es fiesta que discurre suavemente en su piel, con el sentido del sol que dora su cuerpo. El mar la unta de sí misma y la sal es una suerte de órgano sexual con el que la posee, con totalidad y con gloria.
Cuando al fin se ha regocijado viene hacia mí, casi seis pies de altura que se baten furibundas por la conquista del espacio. Su belleza es inaprensible: por la misma razón de su íntegra perfección, el ojo humano se sofoca hasta la insensibilidad si quiere captar glotonamente el todo. Es necesario hurgar despacio el enigma de la magnificencia en esa hembra dionisíaca.
Comienzo admirando su rostro.
Cosmos luminosos, del color de la esperanza de mis proyectos nocturnos, que bostezan coquetamente son sus ojos, que parecieran suplicantes de absolución —después de todo la execrable culpa por tanta fastuosidad no reside allí—. El argumento atomista con que esos mininos defienden su inocencia ascienden de la herencia inmemorial de la Baviera rural, donde las mujeres curtieron sus pupilas en la única porción de tierras gélidas donde podía filtrarse alguna vez la luz natural. La nariz, indudablemente griega, línea pálida, indivisible, que separa dos carrillos delgados, los médanos ardientes que se ondulan de norte a sur fundando inesperadamente el corazón de un arco de cupido y que súbitamente subleva dos protuberancias asalmonadas, el manjar anhelado de mi boca. Esta es la puerta del pecado, el preámbulo de toda malicia.
— Hola Leandro. ¿No entras al mar? —me pregunta. Cabellos mojados desde los que desciende el agua fogosa y yo cavilando si acaso sus palabras han sido una invitación, decido no dar rédito a vagas, infundadas sospechas.
—Hola Diane. No, gracias. Me apetece más ver el arte de las olas golpeando encandiladas a las chicas bonitas como tú. Es mi concepción particular de la felicidad eterna.
¬— ¿De veras? Pues me parece interesante, sobretodo si…
— ¿Sobretodo si qué, Diane?.
— Sobretodo porque ahora que te veo presiento que anoche soñé contigo.
— Y, ¿qué soñaste?
— Todo pasó en esta playa…
Me relata el sueño: bocas regodeándose, prominencias y hendiduras amándose, jadeos y resuellos, mordiscos y dentelladas, humores y flujos, espasmos y fruiciones orgásmicas. Y me ha bisbiseado al oído su deseo urgente.
— Pero hasta hoy mis sueños, sueños fueron —me dice, acongojada, mirando la arena caliente que le calcina feliz y paciente la planta de los pies—. Seguro que para eso se sueña, Leíto, para que nada se cumpla.
— Eso dicen por allí, preciosa —me envuelvo en sus asuntos, forzándome aflorar al tímido donjuán que pernocta en mí alma, pensando cada palabra que sigue a la primera, por no parecer oportunista ni poco elegante, con un cuidado innecesario y negligente dada la evidente urgencia ajena—. Pero, ¿el hombre tenía mi cara?
— Apenas te he visto resolví el enigma, fue como un dejavú.
— No me preguntes por qué, pero toda mi vida he deseado ser útil a los demás. Mas si quisieras cumplir tu sueño…
— Eso he dicho, Leandro. Para mí soñar ha sido un acto de redención, he pensado que esa es la forma que dios escoge para mostrarnos lo imposible —cuando dice esto, muestra toda la impotencia con que se ha cargado. Pero no me imagino de qué y tampoco pregunto, por no disipar el tema—. En cambio los sueños malos por imposibles que parezcan se terminan dando de alguna forma, como si el mismo dios nos preparara para mostrarnos la maldad.
— Si mi sueño es útil para hacer feliz tu sueño, aquí me tienes.
— Gracias, aquí nos tenemos, Leo.
Diane me mira y luego abraza con pasión, diríase que ha pedido al cielo este momento, la confirmación de que dios no es un dios de temor, sino algo así como una buena persona que da a cada quien lo justo, alguien que hace esperar sus dádivas sólo para curtir la escasa fe de los desesperados, alguien que cierne sus favores entre aquellos que menos quieren y desean las cosas mundanas. Alguien que sin embargo es capaz de renunciar concretamente a su veleidad, mostrando a los sufrientes encarnaciones de dioses singulares que cumplen deseos espirituales pero también carnales. Por otro lado yo, totalmente agnóstico del momento, estoy seguro que empieza en mi vida la consagración, que la felicidad llegará a borbotones, que seré la envidia de los poetas, de los tristes y los locos —es esa mi clasificación personal de los hombres¬— y que, cómo no, esa dama deambulará conmigo y será el vicio encarnado de las noches de vino y luna llena y que como recompensa dejaré me lleve a pasear como a su perro por los comercios, y yo le compraré helados, tortas y abundantes triglicéridos hasta cebarla y hacerle perder la forma y así recordar por fotografías y retratos, ya maduros ya zombis para el amor, que alguna incierta vez fuimos hermosos.
***
Alejandra y su deliciosa edad del caos. Caos que reta al tiempo, al que provisionalmente saca la lengua. Tiempo que brega, que se sabe vencedor final de una extraña guerra y que lentamente va organizando un orden interno que sabe a gloria: linda, inminente mujer.
Tarea ardua —como la del escultor impotente ante la roca informe, como la del poeta cuya ánima insaciable lee todo el tiempo las palabras imprecisas del aire y funda como un maldito dios un todo bello, aún como la del músico que confronta al silencio con la bulla de su espíritu— es la que cumple el tiempo en Alejandra. La niña consentida de papá, la mujer frugal a quien sueñan desvirgar los pequeños canallas, los pueriles remedos de donjuanes. Ni ella misma sabe aún lo que le pasa. Algunas veces aún siente que las muñecas, ahora arrinconadas en la cómoda, el closet y el desván, le hablan y le cuentan historias felices de amor, como ha sucedido con Ursulita, que ha fungido por años ser la mejor de sus amigas:
— Cuéntame qué te pasa hoy, pregunta Ursulita.
— Me he enamorado amiga, sólo eso.
— ¿Y el amor te ha puesto triste?
— Para mí el amor es triste, amiguita.
Otras veces, cuando juega a ser mujer ante el espejo, ha sentido que el carmín dibuja una mujer por descubrir, que invariablemente es ella misma pero a quien no conoce y siente deseos de explorar. Así a tientas, se agazapa en el cuarto vecino y toma prestada la faldita con que mamá asistía a su trabajo de secretaria en una importante compañía. Y con culpa incrédula descubre que bien podría tratarse de la mujer que luce en la foto de la mesa de noche y al redescubrir la gracia y garbo ausentes, ya no siente invencible la preciosura lozana que las historias familiares se han encargado de recrear. Pero consciente aún de su prodigio, el signo del sino inexorable de una soledad sempiterna le aturde aún más y resuelve jugar a ser mujer en la vida real por primera vez, deja los juegos resuelta a convertirse en señorita y ahora coge el teléfono para realizar una cita intrépida…
— Aló, buenas tardes, ¿con Junior, por favor?
***
Cómo ha pasado el tiempo —se decía Leandro, mientras oteaba, displicente, una docena de instantáneas de aquel día—. Cómo me he oxidado, caramba, exclamaba, auscultando una belleza inolvidable, la de su señora, doña Diane Diamantidis de Vílchez, y examinando, entre asombrado y rabioso, al muchacho fornido, velludo, gallardo que fue él aquel día, el más feliz de su vida.
Había sido un buen esposo, después de todo, un gran padre para ser sinceros, de dos hijas, Alejandra y Tania. Nunca fue necesario distanciarse de ellas, ni pensarlo, para forjarles un futuro digno, el de las tumbas floreadas y colindantes para él y su amada, el de la universidad y la dicha eterna para las pequeñas. Había levantado un negocio de abarrotes detrás de cuya ventana había luchado a palmo con la abulia, para lograr el sueño de la buena educación de sus princesas, para costear cada fina lencería —con la que fue matando, junto a su mujer, lenta y complacientemente, el deseo de la piel—, cada ropaje de fiesta que fue necesario para confundirse sin remordimientos entre los señorones, con el mismo sentido de la igualdad de la playa en la que ellos se amaron por primera vez.
Nunca faltó nada en esa casa. Pero lujos, ni los necesarios, los muebles apolillados en la gran sala, el viejo televisor de imágenes sepias en el hall, sólo algunos cuadros de buen gusto, réplicas, en su mayoría, de Guayasamín, la última cena de plata avejentada en el comedor, retratos y, en fin, las cosas caseras que vuelven tristemente encantadoras hasta la recepción de las visitas más inesperadas.
Pero aunque Leandro discutía un problema etéreo con el tiempo, en verdad había advertido un problema concreto, demasiado real, las niñas estaban en la edad de la flor, y por lo tanto en la edad de ser desfloradas. Menudo problema, Dios santo.
***
Me interrumpe ese espejismo de pensamientos enrevesados el olor de Diane. Un aroma cuyo epíteto no puede ser otro que perfume de hembra tierna, gracias al cual he comprendido que con ella será una vida plena dedicada a placeres luctuosos. Que yo en su nombre y ella en el mío, nos atosigaremos de ser amados.
— No esperemos más, me dice desesperada.
No se qué hacer, lo juro. Estoy inmóvil, hundido, como siendo tragado por arena movediza.
— Pero es la playa, Diane, estamos en medio de la gente. Le respondo anonadado.
— Soy yo, Leo, ya no puedo tolerarme.
Repentinamente me incorporo y prende en mí la solución al momento extremo. Sin decirle nada, la tomo del brazo, asiendo su pecho al mío le beso en la cabeza y descubro en ella la forma de sus senos, pequeñas redondeces que, como pulposas frutas, no se echan a perder si se las estruja un tanto con las manos, si se succiona un poco de su zumo, si se las acaricia, si se las lleva contra uno mismo para procurar el calor perdido de la madre en un tiempo inmemorial.
— Caminemos, Diane, propongo.
—En dirección de la brisa, completa ella la moción.
Y así lo hacemos, aceleramos el paso al ritmo de nuestras crecientes taquicardias y cuando al fin encontramos el sitio que no buscábamos, vamos de la mano, en línea, acompasadamente, democráticamente si se quiere, sumergiéndonos al agua, al vuelo de nuestras cabezas, sintiendo ella —estoy seguro—, que ahora dos entes le harán el amor, con la misma fuerza, con la misma lascivia eterna e insaciable.
¿Y qué diré de su vientre?. Su vientre es una yegua encabritada…¿Y de su bajo vientre?, isla indígena que clama ser fundada, sojuzgada.
***
Junior aunque lívido y enjuto, es el más alto y guapo de la clase de tercer año. A diferencia de Alejandra, el es huérfano pero de padre. Y pese a haber recibido la mejor y más esmerada educación de caballero, gracias al aplomo de su madre —finísima y decentísima dama que viste con faldones que le tapan incluso los tobillos— provista desde luego de algunas memorables latigueras las veces que habían sido necesarias —para que no sea sensible la ausencia paterna—, se ha hecho patente en él, precozmente, el problema del mujeriego. Inteligente y dotado de una rara sabiduría en el tema, ha escogido como su estrategia más certera el presentarse desvalido y vulnerable ante su presa. Ha notado así que las mujeres se tornan susceptibles ante la debilidad, acaso porque, oh descubrimiento, ha caído en cuenta que las damas, desde el génesis de la existencia, se han sabido más fuertes, pero han guardado silencio para no arredrar a los hombres a su extinción y con ello a la desaparición de la humanidad. De modo que Junior, incapaz aún de enamorarse, ha entendido el amor como un juego divertido y falaz de cuyo triunfo depende el sentirse superior. Lo que no ha comprendido es que a su edad un niño es un niño pero una niña es capaz de cavilar como mujer. De modo que al momento de recibir una llamada telefónica va decidido a atender a quien será un affaire más en su corta pero frondosa carrera de galán.
— Aló, buenas tardes, ¿con Junior, por favor?.
— Sí, el habla. Junior ya sabe de quien se trata.
— Hola Junior, quería saber si puedes venir a verme a casa. No hay nadie y me siento sola —en esa voz trémula es imposible notar una nota de malicia.
— Sí, claro. Salgo en un minuto.
***
Es un problema legítimo, por cierto, mucho más real que las arrugas que evidencian los espejos, y claro, no sería un dilema, si él no fuera el espejo de los patanes que persiguen sobretodo el culito quinceañero de Alejandra. No sería la desgracia patente si se cavila que Janita es el espejo de la mocedad materna, los mismos ojos germanos, por ejemplo, aunque éstos tienen prendida una malicia latina que llamea en el alma de los muchachitos. Las mismas zancas largas que en Ibiza, pero con la protuberancia compacta del Mar del Plata.
El viejo Leandro olvida su preocupación un instante y vuelve los ojos tristes sobre el joven greñudo y hippie de la fotografía, le extraña, le besa, le llora, lo ase contra su pecho, lo mima tanto que un vértigo de culpa le invade el espinazo cuando cae en cuenta que ama más el recuerdo de ese hercúleo muchacho que las excelencias que luce la fémina que yace en su pecho juvenil y que engalana con poesía el ocaso crepuscular, el fondo naranja como la escenografía de aquella tarde épica en la playa.
—Esta foto post-cópula, se dice y ríe alegre y olvida todo.
Y vuelve a llorar al instante en que los chasquidos de besos desaforados y prohibidos, le han llamado al hall, donde su adorada Alejandra, desarropada, descubierta, desgreñada se ha acurrucado en el cuerpo de un patán en cueros.
— ¡Pero si aún juega con muñecas!, va despotricando Leandro, inconsolable, a llorar su rabia en el lecho en el que alguna vez murió.

TANATOS


TANATOS

POR ROBERT VARAS QUEZADA

Estaba sentada en el sillar de piedras, ese que estaba junto a la ramada de tumbos, bien dispuesto para la sombra. Era el lugar de descanso para después del almuerzo, posterior a la casa, rodeado de árboles frutales y frente al panorama verde del huerto, alejado de aquella parte del hogar donde no faltaba el bullicio de quienes amaba. Su lugar preferido para las primeras horas de la tarde.

Estaba decidida a seguir con el proyecto, cavilaba en todo cuanto tenía entre manos, aquellos que no dejaban que su siesta fuera completa. La vida continuaba con el mismo trajín y éste era un día más. Pero no lo sería ni siquiera presagiaba un atisbo de su final. En ese instante se cruzó una sombra negra como avisándole de su partida. No desvió su mirada, era necesario guardar la quietud, la calma como si ello garantizaba más segundos de vida. Sintió que respetaba ese deseo, la sombra negra se alejó un poco. Pero, a la vez no tenía mucho tiempo eran fracciones de segundos, había que aprovecharlos rápido, sentía que algunas ventajas no se le había dado, no podía gritar ni hacer ruido, no podía moverse bruscamente. También descubría nuevas sensaciones, su pensamiento tenía dimensiones que nunca había visto; entonces era necesario empaquetar, alistar todo en ese desván, habían alli muchas cosas, más de lo jamás pensado por ella. Era urgente pero fue empezando por los más cercanos. Dentro de lo último que percibía es que, más que de cosas e inquietudes propias de ésta vida, había un cúmulo de sentimientos que estaban pendientes en su alma, muchas situaciones que involucraban a su corazón haciendole perder libertad. Y como si ese tiempo brindado fuera exclusivamente para ordenar su ser. Mucho para perdonar, mucho para pedir disculpas…y fue perdonando uno a uno de aquellos paquetes que vislumbraba a lo largo del desvan. Se fue perdonando, aceptando como unguento o pócima para sus heridas, las que nunca vio y también las que vio, como aquellas que si las tenía presente.

En ese instante, nuevamente la nebulosa oscura.

Realmente se asustó, sintió como su corazón latía fuertemente, no se había percatado de la sudoración de las manos, tampoco de sus ojos llenos de lágrimas nublando su mirada, ni cómo el cuerpo le temblaba, sintió como una gruesa lágrima cayó sobre su regazo. Sin embargo sentía que era un aviso para pasar más rápidamente por todo lo que se presentaba en ese viejo desván, había cosas incluso que ya no recordaba pero estaban allí pendientes, le había dicho la sombra oscura que no era momento de razonar, de pensar, debía arreglar su interior, no había tiempo para más.
Vió su vida en un instante, mientras los bullicios de los niños se acercaban una lucha entre una dimensión y otra; sus ojos se situaron cansados y sin fuerzas con dirección al corredor donde se vislumbraban su llegada, había que despedirse. ¡No!.

No se le estaba permitido eran segundos para su interior. Entonces quería escaparse. Le había dicho que no era tiempo de razonar; entonces, si se adentraba en la razón escaparía como de un sueño, pero sin estar soñando, pero si lo hacía la sombra se imponía. Era como un sueño donde despertarse era morir. Habia que seguir.

El panorama verde lleno de luz, donde veía su vida toda corría sin que le pusiera mucha atención, la invadía los pensamientos y los sentimientos, pero había uno pendiente. Eran conversaciones para las que,- le parecía- todo su ser conocía, sensaciones para las que el cuerpo estaba preparado y todo lo contrario, el cuerpo le avisaba de a pocos; entonces se sentía prisionera de su cuerpo, secuestrada de la sombra. Se aterrorizaba y a la vez, tenia que controlar la angustia, la deseperación venida con la nebulosa oscura. Muchas cosas a la vez, como había que safar el alma del cuerpo, como desvestirse; era la primera vez que el cuerpo mismo no la dejaba vivir…a veces cedía en la lucha por que se convencía que ese temido final era también el inicio. Un inicio inacesible con el cuerpo, inveitable con el tiempo, y a la vez naturalmente esperado aunque nunca consciente. Era increíble pero su cuerpo le avisaba le indicaba, fracción a fracción su naturaleza, era la ley natural para el que su universo estaba preparado y se disponía todo para una nueva situación y ante la que todo el Universo además estaba preparado.

Extraña sensación el pecho parecía abrirse en una placentera sensación, y se salía como ayudándose con las manos sosteniéndose entre las costillas para salir, para dejar el cuerpo.



Lejos muy lejos escuchó un grito despavorido:
- ¡mamaaá!
- “Oh Gilda quédate aquí, abrázame” le hubiera querido decir pero ni podía ni tampoco Gilda se quedó allí para escucharla había corrido.
Había querido se quedara, que no se fuera, lloró esta vez de amargura, sintió la gélidad soledad apoderarse de su cuerpo. No se había dado cuenta pero el pecho se había cerrado. De nuevo la sombra de acercó las dimensiones se apoderaron de su cuerpo y sus sentidos un intenso dolor se apoderó de todo el cuerpo, cada célula parecía un universo entero, ¡que dimensión!, sentía que se iba a caer pero el sillar de piedra es fuerte y firme lo habían dejado los antiguos-, sentía que la tierra toda temblaba en su equilibrio, empezaba a sentir el cosmos.
Gilda venía con más gente.
-Noooo
Su corazón de aceleraba. La sombra se preparaba y realmente ella temía…lo único que hacía Gilda era acelerarlo todo, "oh Gilda no", quería estarse más. Ellos llegaron y su salida fue más violenta como arrancada por el pecho que se abría sin contemplación. La sombra se apoderó del escenario.
Miraba su cuerpo por encima de la enredadera, estaba recostada firme en el sillar, sus hijos sus tiernos hijos, estaban besándola y abrazándola en medio de un desconsolador llanto …quiso decir algo más, una licencia para ir a consolar a los más amados pero se sintió absorbida totalmente como una energía fugaz.

ALMA PUTA

Alma Puta

Por CARLOS GUEVARA

Cuando te conocí en esa ciudad desconocida, de barrios con frecuentes casas rosadas, lucecitas chillonas de neón, azulejos descoloridos y mujeres paripé, fue gracias a una pasión añeja y a que un día descubrimos la latíamos igual. Creía seriamente por esos días que mi vida era como una novela larga y tediosa y toda la felicidad soñada consistía en esperar solemnemente el domingo, tomar dos buses, viajar dos horas y solo, entrar al estadio majestuoso y solo, avistar el monumento a la alegría, el más estúpido y tierno a la vez y muy solo, ver hombres, gentíos, saltar y haciendo temblar las graderías y yo muy lejos de ellos saltando solo, escuchar coros panfletarios y a la distancia repetirlos sudoroso y saltarín e inevitablemente solo. Me había convertido la verdad en un disidente de las masas y encontrarte a ti en iguales condiciones en otro rincón y sola, hizo reír a los astros, otra vez.

-Hola… disculpa que me acerque, es que te vi sola, ¿sigues al equipo también? ¿Te molesta si te acompaño?
- Para nada, un gusto, me llamo Fabiana, ¿también eres hincha?
- Hasta los huesos, para mí es cuestión de piel.
-Jajajá. Tienes razón, yo siempre vengo a ver el equipo, este año vamos a ser campeones, confío en mi instinto de mujer.
-Y yo confío en mí, cada que vengo el equipo gana o por lo menos nunca pierde.
-¿De veritas?. Pucha a pique estoy al lado de un santito. Jajajá.
-Para que me creas vas a tener que venir conmigo todos los domingos.
-Asumadre, que lanza que eres, espera que te lo pida yo por lo menos, jajajá.
-Entonces que dices, ¿quieres comprobarlo o no?
-¡¡¡Goooool, carajo!!!! , ¡¡¡Qué buena!!! ¿Viste la jugada?
-Si, claro. ¿Golazo, no? Ya vez empezamos ganando, y hoy será goleada.
-Eres un amor, porque mejor no eres dirigente del equipo, así llegamos a Tokio.
.No es lo mío, yo quiero ser escritor.
-¿De veritas? Manya qué chévere, ¿Y estás estudiando, entonces?
-Sí, estudio en San Marcos para abogado.
-¿Para abogado?, yaya, ¿pero los escritores no estudian Literatura?
-Lo de escritor es un decir, es lo único que me saca de la realidad, aparte de ver al equipo.
-Mmm, ¿pero has escrito algo al menos, no?
-Sí, he escrito novelas.
-Las novelas me parecen aburridas.
-¿Ah si?, ¿y entonces qué te gusta leer?
-Yo leo cuentos.
-Mira tú. Qué interesante.
***
-Lo que pasa es que a vos no te gusta que te digan la verdad, caradura. No me gusta que me pidas por atrás. Entendélo bien. N-O M-E G-U-S-T-A.
-No, lo que pasa es que eres una frígida, no disfrutas nada de la vida, no entiendes, ni puedes apreciar las posibilidades. Te la pasas jodiendo cada vez. Nunca fuiste una mujer de verdad. Piensa en ir al psiquiatra. Estás amargada.
-¿Amargada yo?. Pedazo de bestia impotente, cómo no estarlo.
-Impotente quizás, jajajá. Pero no estéril. Ya el médico te lo dijo: no puedes procrear.
-Quizás tenés la razón, pero al menos no soy una mendiga que vende sus poemas tristes en las universidades.
-Son poemas tristes, cierto. Eso dicen. Pero hablan sólo de ti, por eso son tristes. Mi vida contigo es una lágrima.
***
Y seguimos viéndonos así, casi toda las veces que el equipo jugó en la urbe poluta y caótica. Ese año no perdimos una sola vez de local. Nos hicimos enamorados sin que fuese necesario que lo pida. Me lo pediste tú, el día que escribí un cuento que según me confesaste te fascinó, se llamaba La princesa del cuento, te lo dediqué a ti, Para Fabiana, en honor a la luna, pero nunca te conté que allí hablaba de una escabrosa historieta, de un antiguo amor que, aún sospecho, me condenó a amar con amor desenfrenado a algo que bien pensado no existe ni existió y a vagar aún hoy los domingos de fútbol, en que vengo solo como antes a ver al equipo de mis amores. Y era lindo compartir contigo ese noser, domingo a domingo, primero. Casi todos los días, después. Te gustaba la calidez matemática con la que, rigurosamente, te entregaba un cuento cada quince días. Te juro que no era lo mismo esperar un beso tuyo cualquier día, que aquellas quincenas ominosas en que me amabas más que nunca, sólo con leer las dedicatorias Con amor de perro para ti, Fabiana, y me dejabas descubrir una nueva fórmula en la cama.
-¿Porqué escribías novelas antes de conocerme, mi amor?
-La verdad no había motivos, Fabi. No pude decirle la verdad. No hubiera sido bueno contarle la larga inspiración de un antiguo amor ni que muchas cuartillas las escribíamos juntos, pensando en postularla a un premio millonario, a uno que ofrecía una empresa transnacional a sus ganadores, con motivo de la promoción de la cultura y sus Juegos florales Anuales.
-Cuando te dije que las novelas me parecían aburridas, era verdad, siempre me pareció lo mismo. Pero apuesto a que te sale una obra de arte, inténtalo, chiquito.
-No. Con los cuentos va bien todo, amor.
-A decir verdad, Charly, siento que mi vida si algo es o podrá ser, es un cuento muy cortito y bonito. No creo vivir mucho, caramelito.
-A quiénes quieren vivir poco, a menudo Dios los castiga, pequeñita.
-Tengo mi instinto de mujer, Charly. Sólo eso.
-¿Y qué te dice tu instinto para este domingo, eh?
-Me dice que si no vas a clases, vamos a ver el clásico y ganaremos.
-Pierde cuidado, vamos a ir, estaremos allí, en oriente pero bien pegados a norte, no muy solos esta vez supongo, pero lejos de la batería.
-¿Y si vamos esta vez con la barra oriente, amorcito?
-Respeta mis cábalas, Fabi. Todos tenemos una. La tuya este año es ir conmigo donde juegue el equipo. Y yo no te digo que no.
Fue el único clásico que vimos juntos, Fabiana, preciosa. La suerte quiso así las cosas, pero lo ganamos y cómo y de qué manera, ¿recuerdas?, así como éramos nosotros, fiel a nuestro estilo, metiendo pundonor hasta el último minuto. La semana posterior, además del cuento te obsequié una entrada para ir a ver al equipo a Huaraz, así aprovecharíamos en conocer la ciudad, tú siempre habías querido conocer la suiza peruana, como le dicen, aunque el calentamiento global había menguado el pastoruri.

***
-Qué Dios te bendiga, Queridito. Pero mucho hace que te he dicho que me hacés sombra. Largáte ya, hinchapelotas, me tenés podrida. Miráte al espejo, sós un cadáver. Es que no pensaste en el suicidio, nunca, ¡que dilema la vida para vos, eh!.
-Tengo cosas por las que lucho, siempre, cosas que nunca podrías comprender, porque eres, como te dije, una amargada. Un día sabrás como los tipos como yo subsisten sin necesidad de cursilerías.
-Jajajá. ¿A que te referís, pobre diablo? Al equipito ese que seguís, ¿Cuánto hace que no campeona?
No había sido campeón desde lo de Fabiana. Por lo menos nueve, aunque con este podían ser diez años. Casi se lo digo pero sabía que la iba a odiar. Antes le recordaba a Fabiana las veces que se ponía histérica, pero siempre la terminaba puteando, maldiciendo a rabiar, una perra para un perro y a mi me dolía sobretodo eso, no tienes derecho a ofenderme así, le decía llorando como un cobarde, yo no soy ningún perro, le decía luego, intentado hacerme el damnificado Dios es testigo de mi humanidad. Eres tú la anormal.
-Fracasado. Es lo que sós. Fracasado, sós una nulidad de hombre, no existís. Sós mierda de perro.

***
Y la vida era ganar contigo al lado. Ganamos en Huaraz y la noche de ese día fuimos primero a libar ron artesanal con los fuertes de la barra, al bar “La Indómita” y luego a la disco “El Sol”. Le caías bien a todos, qué forma tan coqueta de ser la tuya, por un momento pensé que eras como todas las capitalinas que había conocido, y yo tan provinciano y primaveral, odiando la liberalidad y purgando una fuerte condena por un ilícito desconocido y directamente devenido de la vez que conocí el amor por primera vez en un lugar improbable del mundo. Pude observar a la distancia como hacías añicos con tu encanto a los gringos que te sacaban a bailar y que luego traías uno por uno a la ronda a llenar las cajas de cerveza de los vagos de la barra. Los gringos embelesados hacían trencitos, bailaban huaynos, huaylas y salsas sensuales, y raramente ninguno se sobrepasaba contigo, todos pugnaban por emborracharse gentilmente con la princesa inca tan dolosamente guapa, tan candorosamente traviesa.
***
Morena, tanto como el sol había querido lo seas cuando, me contaste tú, fuiste con trece abriles a Máncora, con tus papis, que ahora estaban en el extranjero y con tu hermana mayor, ya casada y viviendo decentemente en un cerro cercano con un abogado progresista. Cabello preciosamente ensortijado, crecido hasta más abajo de la cintura, negro azabache, y oloroso a perfume de rosas y cerezas, o quizás a duraznos y a la tierra recién asperjada de cañazo en las calles del pueblo en el que te conté que crecí. Sí, ¿recuerdas te contaba que siempre me pareció que ese olor invencible de las mañanas en mi pueblo, había enrevesado para toda la vida mi espíritu provinciano y simple?. (Perdón por la tristeza, Fabi). Ojazos negros, encerrados en la forma de dos lunas llenas pero del lado que nunca vemos desde el obituario terrestre. Labios gruesos acorazonados y discretamente rosados. El busto pequeño, pero cierto, el vientre sólido y las formas más notorias delicadamente epicúreas. Así eras tú y por eso también te quería más, pero te quería más, por ser como yo, sola y sin compromisos.
-Charly, sabes bien que te quiero, ¿verdad?
-Si me lo dices así, claro, amor. Pero yo no te quiero, te amo, mi amor.
-No juegues con las cosas que digo, pues Charly. Sabes que cuando te digo que te quiero, es porque te quiero y porque te amo.
-Si lo sé, linda. Pero yo te adoro.
-Qué pesado Charly. Ya mira para que no me digas nada, yo te adoquie.
-¿Quééé? ¿Qué es eso?
-Ay que bruto. Yo te adoquie. Porque te amo te adoro y te quiero, jajajá.
-Jajajá, Y encima tú hablas de no jugar con la palabras.
-Me moriré queriéndote. Mejor dicho, adoqueriéndote. Prométeme que me vas a querer siempre, ¿si?
-Te voy a amar mientras vivas, porque vas a vivir más que yo.
-Charly, no lo sé. Pero te pido que cuando me recuerdes nunca te pongas triste.
-A veces creo que te quieres matar.
-No. No es eso, es mi intuición de mujer, Charly. Sólo eso. ¿Me lo prometes?
-Si vas a terminar con esta joda, dalo por hecho.
-Te amo, Charly.
***
Desde que pasó el accidente de Fabiana, dejé súbitamente de escribir cuentos. Tampoco volví a las novelas, que me parecían largas y tediosas, aburridas por lo más, y si alguna consumía tenía que ser muy buena. Y prefería mejor que me las digan o comprarlas en las ofertas domingueras de los diarios, los dichosos cd’s con el audio completo de novelas clásicas.
Años después conocí a una argentina, en una gira en que acompañé al equipo a Rosario. Ella hinchaba por el contrario y cargaba sola y solitaria una bandera que le doblaba el peso, desde la Plaza Mayor de la ciudad hasta el estadio, muy ridícula siguiendo como su cola a una barra que arengaba a su equipo. La fascinación del amor fue casi eléctrica. Me la acerqué, pregunté su nombre y desplegué todas las artes de seducción jamás puestas en marcha hasta el bendito día aquel. No fuimos al partido, que por cierto el equipo lo perdió por goleada. Una semana después aceptó dejar su país, atraída además por la bola difundida que en el Perú los argentinos no regresaban sino millonarios, por lo menos famosos y reconocidos. Y ella bien dispuesta de las ínfulas de diva largamente heredada hasta el nombre, de los tiempos itálicos de su nonagenaria abuela Tirsa, que había sido bailarina de cabaret en Milano, estaba segura del cumplimiento de la proeza. Pobre de mí.
***
-¿Crees que soy un fracasado?, digo ¿en verdad lo crees?
-Un bueno para nada, un papanatas.
-¿Sabes cual es la parte que me gusta de esto, Tirsa?
-¿Qué cosa te puede agradar de tu estado, boludo?
-Que dejaste todo por vivir con un bueno para nada.
-Con que vivís tranquilo pensándolo, eh.
-Aunque no lo creas, no. Pero seguro tú te lo buscaste desde tus tiempos de perra en Argentina.
-Te prohíbo expresarte así de mí. Yo no me refiero mal de la ñusta peruana, la serrana esa que lo único bueno que tuvo en este mundo fue el nombre, que es lindo y no lo merecía.
-Qué baja eres.
-No seas pelotudo, ella no está en el mundo de los vivos.
-Te equivocas, Fabi vive siempre en mi corazón. Y te digo más: con ella escribía hermosos cuentos con finales felices, contigo sólo poemas tristes y desgarradores.
-Pero eso de debe a algo que está escrito en tu historia.
-¿A qué crees?
-A que tenés el alma puta.