viernes, 17 de abril de 2009

HISTORIA DE MUÑECAS

HISTORIA DE MUÑECAS
POR CARLOS GUEVARA

Alejandra yace tendida en el armatoste oliente a naftalina que usó la madre. Saborea la peor de las aflicciones, el desengaño del primer amor. Deja caer primero las lágrimas ambarinas de la furia sobre el edredón y emprende a urdir su plan. Mientras ello va sintiendo claramente cómo de la ciénaga infernal de sus entrañas los rezagos de una angustia difunta van cediendo al entusiasmo idiota: mira al techo y ríe a carcajadas, conoce por primera vez la vanidad y se promete el patán volverá. Se diría pues que está en aquella edad intelectual en la que todas las cosas del mundo repentinamente parecieran carecer de su primorosa entidad primera, no hay cuota de proeza en los sucesos cotidianos, ni amor de madre que baste para consolarla por lo descompuesto que está el mundo hoy, ni cariños, ni besos, ni abrazos de papá.
Camina hacia la cómoda —vetusta reliquia comprada en alguna parada de cachivaches— y observa los bordes raídos, troceados, hasta el epicentro violáceo por el cual alguna vez discurrió la savia bruta. Se detiene y piensa que hasta la dignidad familiar es venable, que hasta los estados de las cosas son negociables, que hasta la muerte, que hasta la vida, son situaciones de mera interpretación en los sesos de los hombres chabacanos. Contempla con desdén los viejos trebejos de su puericia y entonces, casi sin fe en la existencia, reconoce la muñeca preferida, una de trapo y tocuyo y pelos de lana, con ojitos bobos como redondas paletas de colores. No tiene más que asirla al pecho para escucharla llorando y cantando en su regazo.
***
Tarde de verano sobre la ciudad.
El viento se ha detenido en las cejas angostas de las playas.
El aire es caliente y húmedo.
Las mujeres más hermosas recrean la ansiedad de sus cuerpos caminando bajo el sol, luciendo como quieren las hendiduras misteriosas del placer bajo las traslúcidas y diminutas bragas del amor.
Dúctiles sedas, dóciles algodones, elásticas lycras, van y vienen pegadas a cuerpos sinuosos y solícitos, y pasan descaradamente ante mis ojos e inevitablemente padezco vahídos, agitaciones, taquicardias, efluvios íntimos. Hasta puedo oler mi sexo y me gusta —reconozco—, cuando el océano consiente, desorbita, confunde ese hálito consigo mismo. Nadie sabe qué indecible satisfacción se posa en mi pelvis, qué ímpetus divinos nacen en el mundo —en el que mi pobre humanidad no es más que un corpúsculo vago, baladí—, al que siento propio, porque entonces sé que allí y sólo allí todos somos iguales.
Y allí está Diane, surcando el mundo de los comunes con su belleza imponente, fino trasluz del oriente y el occidente del mundo, con su pizca insuperable del África en los glúteos y el cabello. Camina sopesando la arena viscosa con los nudos de las zancas, sumerge su esplendor al agua fresca y cristalina —aunque en verdad emerge de los ojos del deseo— y acostumbra sus delicias al calor inalterable de la naturaleza. El agua es fiesta que discurre suavemente en su piel, con el sentido del sol que dora su cuerpo. El mar la unta de sí misma y la sal es una suerte de órgano sexual con el que la posee, con totalidad y con gloria.
Cuando al fin se ha regocijado viene hacia mí, casi seis pies de altura que se baten furibundas por la conquista del espacio. Su belleza es inaprensible: por la misma razón de su íntegra perfección, el ojo humano se sofoca hasta la insensibilidad si quiere captar glotonamente el todo. Es necesario hurgar despacio el enigma de la magnificencia en esa hembra dionisíaca.
Comienzo admirando su rostro.
Cosmos luminosos, del color de la esperanza de mis proyectos nocturnos, que bostezan coquetamente son sus ojos, que parecieran suplicantes de absolución —después de todo la execrable culpa por tanta fastuosidad no reside allí—. El argumento atomista con que esos mininos defienden su inocencia ascienden de la herencia inmemorial de la Baviera rural, donde las mujeres curtieron sus pupilas en la única porción de tierras gélidas donde podía filtrarse alguna vez la luz natural. La nariz, indudablemente griega, línea pálida, indivisible, que separa dos carrillos delgados, los médanos ardientes que se ondulan de norte a sur fundando inesperadamente el corazón de un arco de cupido y que súbitamente subleva dos protuberancias asalmonadas, el manjar anhelado de mi boca. Esta es la puerta del pecado, el preámbulo de toda malicia.
— Hola Leandro. ¿No entras al mar? —me pregunta. Cabellos mojados desde los que desciende el agua fogosa y yo cavilando si acaso sus palabras han sido una invitación, decido no dar rédito a vagas, infundadas sospechas.
—Hola Diane. No, gracias. Me apetece más ver el arte de las olas golpeando encandiladas a las chicas bonitas como tú. Es mi concepción particular de la felicidad eterna.
¬— ¿De veras? Pues me parece interesante, sobretodo si…
— ¿Sobretodo si qué, Diane?.
— Sobretodo porque ahora que te veo presiento que anoche soñé contigo.
— Y, ¿qué soñaste?
— Todo pasó en esta playa…
Me relata el sueño: bocas regodeándose, prominencias y hendiduras amándose, jadeos y resuellos, mordiscos y dentelladas, humores y flujos, espasmos y fruiciones orgásmicas. Y me ha bisbiseado al oído su deseo urgente.
— Pero hasta hoy mis sueños, sueños fueron —me dice, acongojada, mirando la arena caliente que le calcina feliz y paciente la planta de los pies—. Seguro que para eso se sueña, Leíto, para que nada se cumpla.
— Eso dicen por allí, preciosa —me envuelvo en sus asuntos, forzándome aflorar al tímido donjuán que pernocta en mí alma, pensando cada palabra que sigue a la primera, por no parecer oportunista ni poco elegante, con un cuidado innecesario y negligente dada la evidente urgencia ajena—. Pero, ¿el hombre tenía mi cara?
— Apenas te he visto resolví el enigma, fue como un dejavú.
— No me preguntes por qué, pero toda mi vida he deseado ser útil a los demás. Mas si quisieras cumplir tu sueño…
— Eso he dicho, Leandro. Para mí soñar ha sido un acto de redención, he pensado que esa es la forma que dios escoge para mostrarnos lo imposible —cuando dice esto, muestra toda la impotencia con que se ha cargado. Pero no me imagino de qué y tampoco pregunto, por no disipar el tema—. En cambio los sueños malos por imposibles que parezcan se terminan dando de alguna forma, como si el mismo dios nos preparara para mostrarnos la maldad.
— Si mi sueño es útil para hacer feliz tu sueño, aquí me tienes.
— Gracias, aquí nos tenemos, Leo.
Diane me mira y luego abraza con pasión, diríase que ha pedido al cielo este momento, la confirmación de que dios no es un dios de temor, sino algo así como una buena persona que da a cada quien lo justo, alguien que hace esperar sus dádivas sólo para curtir la escasa fe de los desesperados, alguien que cierne sus favores entre aquellos que menos quieren y desean las cosas mundanas. Alguien que sin embargo es capaz de renunciar concretamente a su veleidad, mostrando a los sufrientes encarnaciones de dioses singulares que cumplen deseos espirituales pero también carnales. Por otro lado yo, totalmente agnóstico del momento, estoy seguro que empieza en mi vida la consagración, que la felicidad llegará a borbotones, que seré la envidia de los poetas, de los tristes y los locos —es esa mi clasificación personal de los hombres¬— y que, cómo no, esa dama deambulará conmigo y será el vicio encarnado de las noches de vino y luna llena y que como recompensa dejaré me lleve a pasear como a su perro por los comercios, y yo le compraré helados, tortas y abundantes triglicéridos hasta cebarla y hacerle perder la forma y así recordar por fotografías y retratos, ya maduros ya zombis para el amor, que alguna incierta vez fuimos hermosos.
***
Alejandra y su deliciosa edad del caos. Caos que reta al tiempo, al que provisionalmente saca la lengua. Tiempo que brega, que se sabe vencedor final de una extraña guerra y que lentamente va organizando un orden interno que sabe a gloria: linda, inminente mujer.
Tarea ardua —como la del escultor impotente ante la roca informe, como la del poeta cuya ánima insaciable lee todo el tiempo las palabras imprecisas del aire y funda como un maldito dios un todo bello, aún como la del músico que confronta al silencio con la bulla de su espíritu— es la que cumple el tiempo en Alejandra. La niña consentida de papá, la mujer frugal a quien sueñan desvirgar los pequeños canallas, los pueriles remedos de donjuanes. Ni ella misma sabe aún lo que le pasa. Algunas veces aún siente que las muñecas, ahora arrinconadas en la cómoda, el closet y el desván, le hablan y le cuentan historias felices de amor, como ha sucedido con Ursulita, que ha fungido por años ser la mejor de sus amigas:
— Cuéntame qué te pasa hoy, pregunta Ursulita.
— Me he enamorado amiga, sólo eso.
— ¿Y el amor te ha puesto triste?
— Para mí el amor es triste, amiguita.
Otras veces, cuando juega a ser mujer ante el espejo, ha sentido que el carmín dibuja una mujer por descubrir, que invariablemente es ella misma pero a quien no conoce y siente deseos de explorar. Así a tientas, se agazapa en el cuarto vecino y toma prestada la faldita con que mamá asistía a su trabajo de secretaria en una importante compañía. Y con culpa incrédula descubre que bien podría tratarse de la mujer que luce en la foto de la mesa de noche y al redescubrir la gracia y garbo ausentes, ya no siente invencible la preciosura lozana que las historias familiares se han encargado de recrear. Pero consciente aún de su prodigio, el signo del sino inexorable de una soledad sempiterna le aturde aún más y resuelve jugar a ser mujer en la vida real por primera vez, deja los juegos resuelta a convertirse en señorita y ahora coge el teléfono para realizar una cita intrépida…
— Aló, buenas tardes, ¿con Junior, por favor?
***
Cómo ha pasado el tiempo —se decía Leandro, mientras oteaba, displicente, una docena de instantáneas de aquel día—. Cómo me he oxidado, caramba, exclamaba, auscultando una belleza inolvidable, la de su señora, doña Diane Diamantidis de Vílchez, y examinando, entre asombrado y rabioso, al muchacho fornido, velludo, gallardo que fue él aquel día, el más feliz de su vida.
Había sido un buen esposo, después de todo, un gran padre para ser sinceros, de dos hijas, Alejandra y Tania. Nunca fue necesario distanciarse de ellas, ni pensarlo, para forjarles un futuro digno, el de las tumbas floreadas y colindantes para él y su amada, el de la universidad y la dicha eterna para las pequeñas. Había levantado un negocio de abarrotes detrás de cuya ventana había luchado a palmo con la abulia, para lograr el sueño de la buena educación de sus princesas, para costear cada fina lencería —con la que fue matando, junto a su mujer, lenta y complacientemente, el deseo de la piel—, cada ropaje de fiesta que fue necesario para confundirse sin remordimientos entre los señorones, con el mismo sentido de la igualdad de la playa en la que ellos se amaron por primera vez.
Nunca faltó nada en esa casa. Pero lujos, ni los necesarios, los muebles apolillados en la gran sala, el viejo televisor de imágenes sepias en el hall, sólo algunos cuadros de buen gusto, réplicas, en su mayoría, de Guayasamín, la última cena de plata avejentada en el comedor, retratos y, en fin, las cosas caseras que vuelven tristemente encantadoras hasta la recepción de las visitas más inesperadas.
Pero aunque Leandro discutía un problema etéreo con el tiempo, en verdad había advertido un problema concreto, demasiado real, las niñas estaban en la edad de la flor, y por lo tanto en la edad de ser desfloradas. Menudo problema, Dios santo.
***
Me interrumpe ese espejismo de pensamientos enrevesados el olor de Diane. Un aroma cuyo epíteto no puede ser otro que perfume de hembra tierna, gracias al cual he comprendido que con ella será una vida plena dedicada a placeres luctuosos. Que yo en su nombre y ella en el mío, nos atosigaremos de ser amados.
— No esperemos más, me dice desesperada.
No se qué hacer, lo juro. Estoy inmóvil, hundido, como siendo tragado por arena movediza.
— Pero es la playa, Diane, estamos en medio de la gente. Le respondo anonadado.
— Soy yo, Leo, ya no puedo tolerarme.
Repentinamente me incorporo y prende en mí la solución al momento extremo. Sin decirle nada, la tomo del brazo, asiendo su pecho al mío le beso en la cabeza y descubro en ella la forma de sus senos, pequeñas redondeces que, como pulposas frutas, no se echan a perder si se las estruja un tanto con las manos, si se succiona un poco de su zumo, si se las acaricia, si se las lleva contra uno mismo para procurar el calor perdido de la madre en un tiempo inmemorial.
— Caminemos, Diane, propongo.
—En dirección de la brisa, completa ella la moción.
Y así lo hacemos, aceleramos el paso al ritmo de nuestras crecientes taquicardias y cuando al fin encontramos el sitio que no buscábamos, vamos de la mano, en línea, acompasadamente, democráticamente si se quiere, sumergiéndonos al agua, al vuelo de nuestras cabezas, sintiendo ella —estoy seguro—, que ahora dos entes le harán el amor, con la misma fuerza, con la misma lascivia eterna e insaciable.
¿Y qué diré de su vientre?. Su vientre es una yegua encabritada…¿Y de su bajo vientre?, isla indígena que clama ser fundada, sojuzgada.
***
Junior aunque lívido y enjuto, es el más alto y guapo de la clase de tercer año. A diferencia de Alejandra, el es huérfano pero de padre. Y pese a haber recibido la mejor y más esmerada educación de caballero, gracias al aplomo de su madre —finísima y decentísima dama que viste con faldones que le tapan incluso los tobillos— provista desde luego de algunas memorables latigueras las veces que habían sido necesarias —para que no sea sensible la ausencia paterna—, se ha hecho patente en él, precozmente, el problema del mujeriego. Inteligente y dotado de una rara sabiduría en el tema, ha escogido como su estrategia más certera el presentarse desvalido y vulnerable ante su presa. Ha notado así que las mujeres se tornan susceptibles ante la debilidad, acaso porque, oh descubrimiento, ha caído en cuenta que las damas, desde el génesis de la existencia, se han sabido más fuertes, pero han guardado silencio para no arredrar a los hombres a su extinción y con ello a la desaparición de la humanidad. De modo que Junior, incapaz aún de enamorarse, ha entendido el amor como un juego divertido y falaz de cuyo triunfo depende el sentirse superior. Lo que no ha comprendido es que a su edad un niño es un niño pero una niña es capaz de cavilar como mujer. De modo que al momento de recibir una llamada telefónica va decidido a atender a quien será un affaire más en su corta pero frondosa carrera de galán.
— Aló, buenas tardes, ¿con Junior, por favor?.
— Sí, el habla. Junior ya sabe de quien se trata.
— Hola Junior, quería saber si puedes venir a verme a casa. No hay nadie y me siento sola —en esa voz trémula es imposible notar una nota de malicia.
— Sí, claro. Salgo en un minuto.
***
Es un problema legítimo, por cierto, mucho más real que las arrugas que evidencian los espejos, y claro, no sería un dilema, si él no fuera el espejo de los patanes que persiguen sobretodo el culito quinceañero de Alejandra. No sería la desgracia patente si se cavila que Janita es el espejo de la mocedad materna, los mismos ojos germanos, por ejemplo, aunque éstos tienen prendida una malicia latina que llamea en el alma de los muchachitos. Las mismas zancas largas que en Ibiza, pero con la protuberancia compacta del Mar del Plata.
El viejo Leandro olvida su preocupación un instante y vuelve los ojos tristes sobre el joven greñudo y hippie de la fotografía, le extraña, le besa, le llora, lo ase contra su pecho, lo mima tanto que un vértigo de culpa le invade el espinazo cuando cae en cuenta que ama más el recuerdo de ese hercúleo muchacho que las excelencias que luce la fémina que yace en su pecho juvenil y que engalana con poesía el ocaso crepuscular, el fondo naranja como la escenografía de aquella tarde épica en la playa.
—Esta foto post-cópula, se dice y ríe alegre y olvida todo.
Y vuelve a llorar al instante en que los chasquidos de besos desaforados y prohibidos, le han llamado al hall, donde su adorada Alejandra, desarropada, descubierta, desgreñada se ha acurrucado en el cuerpo de un patán en cueros.
— ¡Pero si aún juega con muñecas!, va despotricando Leandro, inconsolable, a llorar su rabia en el lecho en el que alguna vez murió.

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