miércoles, 22 de abril de 2009

MANUAL DEL BUEN GAY

POR CARLOS GUEVARA


Francisco era afeminadamente gordito, y sin embargo se las arreglaba para parecer limpio y agradable al mismo tiempo. Peinaba su cabellera lacia y rebelde con raya al centro, ondulando en una cresta perfecta la parte delantera de su tocado, y todo manualmente, y aunque sabíase de alma muy travestida, no toleraba el vestirse como mujer, con la evidencia ordinaria de la mayoría de sus congéneres. Prefería sí, las diarias abluciones con perfumados jabones de glicerina y los maquillajes con natillas de tomate y peninillos en la cara y las manitas.
José o, para sus amigos más cercanos, Josefina, al contrario de Francisco, había ya borrado todo vestigio de virilidad en la cara y el cuerpo, a no ser por ese maldito colgajo inútil que le ocasionaba molestias, y al que para disimular se lo pegaba a la entrepierna con una ganzúa de colgar ropa. No obstante podía mirarse al espejo con placidez y reconocer a la hembra de belleza exótica que siempre pensó ser en sus ojos almendrados, en su piel lozana a cuyo tenaz tratamiento con crema de palta y azúcar había logrado sacar un brillo inusitado, a ese cabello ébano que como crines en yegua de paso, ella sabía menear con elegancia y celsitud.
Francisco y José se amaban mucho. Caminaban todos los días por el centro de la ciudad coqueteándose febrilmente, desbordando su amor descaminado, sin rubores, en sus diarios desayunos en el mercado central —de jugos de piña y panes con pollo deshilachado con bastante ketchup y mayonesa—, en los comercios de ropa, de joyas de fantasía, abundantes en la calle Gamarra, y mucho más y mejor en los sex-shop de El Virrey —donde ya habían adquirido algunos adminículos necesarios para hacer la vida nocturna más llevadera— y en la peluquería en que Josefina laboraba, pocos minutos antes que Panchito marchase a ganarse la vida, como todos y cada uno de sus días, como socio de un bufete importante de abogados. Se diría pues que en los matutinos detalles imperceptibles allanaban deliciosas fórmulas a descubrir cada tarde, cada noche.
Ya en la intimidad de su morada, decorada en fugaz tono rosa, a la manera de sus almas invertidas, animosos e impacientes, se prodigaban con locura palmaditas y caricias de gustos recíprocos en la baja espalda —suaves y expansivas para Josefina, hoscas y urgentes para Panchito—, y si la broma mutua era fértil en el terreno del flirteo y la palabra traviesa, cual dedo espabilado, digitaba el espasmo del alma cuando urgía la frase justa a la necesidad urgente, entonces todo terminaba en perrunos lengüeteos y jadeos indeclarables cuyos decibeles alarmaban a la vieja quinta de la avenida Carrión, como sólo podía suceder cuando el indeseable vecino Joaquín escuchaba sus escandalosas tocadas de Led Zepellin u organizaba bacanales de coca y gringas, con sus amigotes los poetas y los bricheros. Todo empezaba con una indescifrable turbación etérea en la columna, cuyos sentidos esparcían la semilla del deseo con sus ondas circulares hasta el bajo vientre, por el sur y el cerebelo, por el norte. De este modo la cocina, bajo sus columnatas o sobre el batán; el hall, bajo la mesa de gala o sobre sus glamorosos muebles rojos; el baño, bajo el lavabo o sobre el inodoro de cristal; o el cuarto conyugal, bajo la escalinata del jacuzzi o sobre la cama de agua o la alfombra persa; conocían el amor inusual, tan perfecto y perecedero a la hora de la verdad, que el vaho de sus cuerpos palidecía la visión de las habitaciones y todo aparecía como en un sueño de brumas, donde la pasión, in crescendo, sólo conjugaba con el cuerpo y poco a poco ya nada tenía que ver el amor y menos el entendimiento común de las gentes enajenadas. Era común luego comentarse la erupción en sus cuerpos, con la misma manía poética con que glosaban a Madame Bovary, a Tom Hanks —a quien después de auscultarlo en Philadelphia, dudaban de su hombría—, o al lindo de Lou Reed que de vez en cuando le cantaba a la diversidad.
***
Estaban convencidos que en la calle, aunque no caminaren de la mano ni se besaren en público, podían mirar con odio a la gente que a causa de su mediocridad no observaba las variantes del cariño humano. Estaban convencidos, mejor dicho, que ellos eran el remedio perfecto para la cura del desamor y hasta en una oportunidad publicaron un aviso en La Industria ofreciendo sus múltiples desviaciones al servicio de la perennidad del amor, cualquiera sea su forma. La osadía les costo el allanamiento de su hogar y posterior arresto, con la enojosa excusa judicial de estarse bajo sospecha de comercio de pornografía infantil. Así, y desde entonces, nomás se permitían, divertidos, sacar largas lenguas a los cucufatos que en las calles se asqueaban de sus vestidos y sus maneras.
Diré entonces, sólo por decir algo sobre aquello y con la mayor prudencia —sólo por el puro gusto de nombrar la divina cualidad de esa unión— que entre ellos el amor era feliz y sempiterno, si alguna vez lo ha sido.
Pedro y Josefina odiaban las poses exclusivistas, entre ellos no había licencias de ningún tipo: el justo medio del antojo y las ansias era el convenio. Podían así, sin problemas ni reservas, intercambiar los roles clásicos de hombre-mujer en las cópulas o, si lo querían, fusionar sus cualidades diversas con total naturalidad, con total neutralidad.
Pedro y Josefina se burlaban de los fragores científicos que daban cuenta de sus presuntas anomalías y desviaciones. Ellos vivían como querían, concebían a la sociedad perversa pero no tenían nada contra ella. Evitaban, eso sí, contaminarse de habladurías, con sumo respeto y consideración del prójimo ecuánime, y pese a que frecuentemente deseaban rebatir ideas ajenas, consideraban a ello la eterna batalla perdida, aunque paradójicamente, sabíanse vencedores de una extraña guerra. Así lo sentían, honestamente.
Pedro y Josefina. Josefina y Pedro. Se trataba pues de una pareja espléndida y se preocupaban el día que no peleaban por las nimiedades de siempre. Su amor, res íntima e inalienable era perfecto, pero lo externo no podía serlo. Así que preferían, si era oportuno, sentarse en el parquet de la sala a la manera de los budistas, antes de pasar el día sin novedades y discutir del estado inalterable en que había transcurrido la cotidianidad y hasta de quién había sido el mayor culpable de aquel soponcio insoportable. La reconciliación, claro está, se materializaba en orgasmos crepitantes y sentidos suculentos sobre la inmensidad. Hacerse el amor era un karma, un rito fantástico.
***
Pedro ha llegado a casa. Es casi de noche, ha sido un día pesado en el trabajo, a última hora la firma le ha delegado el asunto de un sindicato de estibadores impagos y la traza de los muchachotes y sus malos modales me han dejado horrorizado, mi amor.

—Hola mi amor, mi vida, mi rey, ¿Cómo te ha ido hoy, chiquito? —pregunta Josefina, esperando encontrar el consuelo por tener que rehacer la cena de hoy. El arroz que se la acaba de quemar—. ¿Qué tal el trabajo?, ¿todo bien?
—Ay, dulzura. No sé por donde empezar —dice Pedro, quien se arroja sobre su amada y se pone a llorar sobre sus hombros.
— ¿Qué ha pasado mi reycito? No llores mi vida, que me hace daño. Anda cuéntame, no puede ser tan malo.
— Ay Pepita, mi amor, pasan cosas muy feas en el mundo.
— ¿A qué te refieres?
— Hoy fue la ex esposa de alguien al consultorio.
— ¿Y para qué sería, Panchito?
— Fue con todos sus papeles para demandar al salvaje.
— ¿Demandar?, ¿De qué?, ¿Por qué?
— ¿Cómo que por qué? Por alimentos, para ella y su hijo.
— …
— Fue con un niño, apenas de unos meses, el pobrecito lloraba de hambre, ni el seno materno le calmaba.
— ¿Y qué cosa te dijo?
— Que el desgraciado de su ex marido la abandonó, diciendo ya no amarla y pidiéndole el divorcio. Y que por favor la represente en este caso y que me pagaría por puchos, pero que al fin y al cabo cumpliría y con creces.
— …¿Y tú que hiciste?
— Tomé el caso, amor, como era mi deber.
— Bueno, está bien, estoy seguro que esa buena mujer cumplirá con los pagos.
— ¡Nada está bien, tonto!, ¡Todo está pésimo!, ¿es que acaso no entiendes?
— ¿Qué carajo debo entender?
— El desgraciado eres túúúúúúúúúúú.

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